sábado, 11 de mayo de 2013

INTELECTUALES FÁCTICOS



En los dos últimos siglos la influencia de los intelectuales ha sido determinante en la evolución de la sociedad moderna, principalmente de los laicos. En la Edad Media los conocimientos y la intelectualidad se constreñían principalmente al clero y al poder eclesiástico. A partir del siglo XVIII, los nuevos intelectuales utilizan su propio pensamiento al margen de las creencias, tradiciones o hábitos morales creando no solo opinión sino marcando pautas para comportamientos sociales tanto a nivel individual como colectivo.

Pero ¿quiénes son los intelectuales? ¿Acaso son personas que intentan guiar a la humanidad desde sus criterios culturales, ideológicos, conceptos filosóficos o religiosos? Ciertamente la ruptura con el ámbito moral religioso lo personalizaron en Prometeo que robó el fuego del cielo bajándolo a la tierra. En cualquier caso, al intelectual se le atribuye inteligencia, pero debe ejercer el intelecto por encima de cualquier otra función psíquica y reunir atributos propios de su condición: curiosidad, interés, cultura, comprensión, erudición, sabiduría, capacidad crítica, objetividad y capacidad para transmitir el conocimiento de la verdad.

Durante el Renacimiento en el siglo XVI surgen los humanistas. Tomás Moro, Erasmo de Róterdam, Miguel Servet, Luis Vives, Antonio de Lebrija, Michelle de Montaigne, Buillaume o Bude, auténticos intelectuales de la época que marcarían pautas. En este siglo y posteriores es cuando los intelectuales nos legan el sentido fáctico influyendo o cambiando en mayor o menor medida el rumbo de de la sociedad, en ese sentido y siendo fiel a la realidad de sus hechos y ateniéndome al concepto cásico del término, no podemos obviar a figuras capitales como Jean Jacques Rousseau con sus innovaciones morales e ideológicas demoliendo altares y encumbrando la razón, su influencia fue tal hasta el punto de sentar los principios de la Revolución francesa. ¿Podemos considerar Karl Marx como un intelectual? en efecto, lo fue, su filosofía fue tan determinante que se institucionalizó en países como Rusia y China con las funestas consecuencias que conocemos al ser llevada a extremos por dirigentes como Mao Tse-Tung, Lenin o Stalin. El pasado día 5 se cumplieron 200 años del nacimiento de Soren Kierkegaard, padre del existencialismo cuya influencia se dejo sentir en autores como Unamuno. Bertolt Brecht utilizó el teatro como medio de influencia y su mensaje alcanzó a medio mundo. Henric Ibsen cambió el pensamiento social de su generación predicando la rebelión del individuo contra los prejuicios sociales, proclamando la prioridad de la conciencia individual y la libertad de ideas personales sobre las establecidas en la sociedad.

Ante este parco repaso de intelectuales pretéritos, uno no puede por menos que preguntarse si en los tiempos actuales existen intelectuales de talla o sencillamente un puñado de contertulios, políticos, escritores o periodistas mediáticos que aparecen en los platos de TV creando meramente opinión, pueden considerarse como tales aún eximiéndoles de la capacidad para producir algún cambio social. ¿Son los Nobel su último reducto, o convenimos que Internet y sus redes sociales son una fuente inagotable de cerebros y talentos que se manifiestan y crecen en tiempo récord?


El concepto idealista que circunda a los intelectuales de hoy y que debiera, teóricamente situarlos en un contexto ajeno a la clase dominante, los acomoda en una realidad utópica de que su pensamiento emerge desde las pautas sociales establecidas cuando, es la percepción de la propia realidad la que debiera engendrar ideas o pensamientos. Lo peor de ellos es haberse alineado con partidos políticos provocando una ceguera ante hechos objetivos.

En todo caso a lo largo de la historia son los movimientos intelectuales los que han dejado huella en el mundo, en Europa fue el humanismo el que sin duda ejerció la mayor influencia sobre la literatura, él arte, la ciencia, la filosofía la política o el derecho y de sus fuentes bebieron muchos nombres ilustres de la Edad Moderna.
Hoy el intelecto permanece en muchos casos oculto, ahogado por la nueva “cultura de masas” donde todo vale, donde el relativismo impone su ley, pero el intelectual no abandona, permanece atento en su oratorio presto a ejercer su magisterio. El tiempo, la circunstancia y el momento están en sus manos.

Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona 9 de mayo de 2013

sábado, 2 de marzo de 2013

ANGELO SCOLA, MI CANDIDATO


En el eminente cónclave, al igual que en los anteriores del último siglo, siempre se ha barajado el nombre del posible Cardenal que ocupará la silla de San Pedro tras el “Habemus Papa”.

Nadie duda de las diferentes facciones que existen dentro del Colegio Cardenalicio y en el orbe de la cristiandad: La iglesia en sud América, en África o EEUU tienen sus candidatos, pero es en el seno del Vaticano donde la influencia y el peso específico de sus Congregaciones pueden decidir el elegido.

La renuncia de Benedicto XVI añade un nuevo elemento substancial al cónclave que inevitablemente se plantea en un nuevo contexto al producirse la votación con la vigencia de un Papa Emérito. En efecto, toda la influencia del Pontífice, a pesar de su renuncia, se dejará sentir en el cónclave y a nadie se le escapa el nombramiento del Patriarca de Venecia Ángelo Scola el 28 de Junio pasado como Arzobispo de Milán. Posee una edad razonable, 69 años, experiencia, vocación misional y pastoral con proximidad a los fieles que suele recibir un día a la semana, sensibilidad por los temas sociales y además junto a una gran formación intelectual, posee dotes de gran organizador. Parece que sería un Papa con garantías para afrontar los retos que la Iglesia entendemos debe acometer en una sociedad moderna y cambiante con necesidad de directrices claras firmes y contundentes en sus principios, pero también precisa en otros aspectos ser dialogante, humana y actual.


Muchos son los temas que las comunidades cristianas demandan y que en el tiempo la Santa Sede deberá abordar: El celibato, la Moral sexual, el papel de la mujer en la liturgia, las vocaciones en la Iglesia de hoy y la integración en los órganos Vaticanos de la representación de las comunidades Iberoamericanas, Africana y Asiática que aportan el 65% de católicos.
Las reformas en la Iglesia son lentas pero no cabe duda que tras el papado de Benedicto XVI, el nuevo Papa no deberá demorar algunas reformas ya que del nuevo pontificado puede depender, en gran parte, el futuro del cristianismo.

En la elección de un Papa todo influye: la Santa Sede como Jurisdicción episcopal del Obispo de Roma, en la Curia Romana los representantes del Papa (los cardenales), que en ocasiones son nombrados en función a su adhesión a Roma que por su capacidad evangelizadora, y así las congregaciones con su prefecto Cardenal son organismos básicos en el funcionamiento de la Iglesia y, en ese sentido podríamos destacar a otros candidatos.

El nuevo Prefecto de la importantísima Congregación para la Doctrina de la Fe (no olvidemos que este es el año de la Fe) Gerhard Ludwig Müller de 64 años, arzobispo de Ratisbona, un germano (como Benedicto XVI) encargado de velar por la ortodoxia de la Iglesia, y el Prefecto de la Congregación para los Obispos, Marc Oullet de 67 años, arzobispo de Quebec y primado de Canadá con experiencia en la Curia Romana como secretario del Consejo Pontificio para la promoción y la unidad de los Cristianos, y así podríamos enumerar una lista, no más de cinco o seis, con posibilidades reales.

Leyendo la trayectoria de los posibles candidatos, no cabe duda que desde la perspectiva humana pudiera llegarse a una conclusión racional y posiblemente coincidente, sin embargo tratándose de la Iglesia cuya esencia emana de la divinidad de Cristo, no solo el factor humano será el decisorio en el cónclave. Uno, desde la Fe que profesa, concluye que el Espíritu Santo dejará sentir su inspiración en la Capilla Sixtina, iluminando a los Cardenales para que su elección sea la necesaria y mejor para la Iglesia.

Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona, 2 de Marzo de 2013

miércoles, 6 de febrero de 2013

EL DESDENCANTO DE LA DEMOCRACIA



Tras los continuos escándalos de corrupción a todas las escalas y en distintas y variadas modalidades con la impunidad manifiesta de un sistema incapaz de atajarla, es inevitable considerar que algo o mucho falla en el procedimiento de un sistema democrático que como poco esta adulterado y falto de instrumentos que limiten el poder de los gobernantes y faculten a los gobernados a ejercer un control sobre ellos a través de instituciones civiles regladas.



Tras la estafa democrática que nos han ido vendiendo los grandes partidos políticos desde la transición, seria pedagógico efectuar un análisis de los diversos sistemas o regímenes políticos a lo largo de la historia. Desde la antigua Grecia, Aristóteles consideraba algunas formas elementales de gobierno: dominios, monarquías y tiranías individualizadas generalmente en un sátrapa, oligarquías familiares, y gobiernos constitucionales, y democracia de mayorías. Parece que depositar la soberanía en el pueblo a través de mayorías democráticas tiene unas connotaciones de mayor equidad, pero si nos atenemos a la historia moderna, comunismo, dictadura y democracia capitalista, han copado buena parte de los últimos siglos. No cabe duda que el sistema democrático sería el mejor si cumpliese las condiciones a las que más adelante me referiré, en caso contrario podría convertirse en el peor de los sistemas amparado en el mágico vocablo que los griegos acuñaron describiendo la forma de gobierno idiosincrática de las ciudades-Estado, sin embargo hoy nuestra democracia, vacía del contenido inherente a su propia esencia, dista mucho de lo que creímos poder alcanzar tras la dictadura.




La auténtica democracia requiere una carta magna respetada, burocracia profesional, subordinación militar al gobierno civil elegido, organismos reguladores y de control para la transparencia de las transacciones y actividades económicas, criterios sociales que salvaguarden derechos y exijan obligaciones y un estricto respeto y rigor en el cumplimiento de las leyes. Todo ello implica la independencia de los tres poderes, sin esto no existe democracia real. Aquí con convocar elecciones cada cuatro años o cuando al gobierno de turno se le antoje en función de los intereses de partido, ya somos demócratas, el partido ganador tiene bula para aliarse con cualquiera, hacer cuanto le apetezca, gozar de inmunidad ante la ley, y amparados por ese concepto adulterado se erigen y legitiman camuflados como dictadores de nuestra época.



Algunos medios son como profetas que avisan de la corrupción cuando los ciudadanos de a pie ya hemos sido engañados por un sistema de partidos cerrado y piramidal que tapan mutuamente sus vergüenzas y que solo reaccionan cundo ven peligrar sus intereses de poder.
Nuestras leyes son como papel de celofán que en muchos casos solo sirven para envolver las injusticias amparadas en prebendas i privilegios legislados desde un poder que no cesa de satisfacer a su corte privada de acólitos y compinches.



Los pensadores más liberales del siglo XVIII, se proclamaban monárquicos porque veían en la monarquía moderna (al margen de los partidos) una institución libre de ataduras que valoraban las leyes, la justicia y una administración libre de corrupción, y en ese sentido la democracia para que se cumpla debe atenerse a determinadas restricciones, normas que deben cumplirse por encima de todo y que garanticen el equilibrio de poderes, derechos y obligaciones. Nuestra democracia se ha convertido en un medio para lograr fines políticos interesados una vez se ha alcanzado una mayoría absoluta o en coalición. Sin embargo a pesar del vacío y carencias evidentes que urge regenerar, consideramos la democracia como la única forma legítima de gobierno, un reconocimiento dominante en la mayor parte del mundo, una creencia que en su imperfección tolera la impunidad, el intervencionismo desaforado, la mentira con envoltorio de fraude y hasta justifica prevaricaciones, populismos y extremismos irracionales, será que entre las sílabas de esta mágica palabra todo cabe y se atenúa el delito. La ignorancia tiene cura, la estupidez no. Nuestra democracia necesita de educación y humanización de la sociedad, lamentablemente todavía hoy dista mucho de alcanzar niveles aceptables a través de los cuales conseguir siquiera el deseo firme de una praxis ética, una regeneración y un renacimiento moral.


Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona 6 de Febrero de 2013

domingo, 13 de enero de 2013

EL ESCAPARATE DE LA AFLICCIÓN


Uno intenta valorar objetivamente este sentimiento aunque la realidad demuestre que cada persona siente, percibe o proyecta su aflicción de forma exclusiva.

La respuesta de las personas al sufrimiento revela la esencia de su propio ser, de su filosofía de vida, y en ese sentido cuando la desgracia o infortunio se cierne sobre ellas suele aparecer el mecanismo de auto afirmación en sus convicciones y así raramente se produce el tópico -aquella desgracia cambió su vida- muy al contrario, es el encuentro frontal, desnudo y crudo con la realidad desgarradora de un hecho doloroso, de sufrimiento, cuando emerge el yo de la supervivencia.

En las fiestas navideñas, fin de año y Epifanía es cuando la cara de la aflicción se revela más contundente. La alegría, el decorado, la ilusión y las celebraciones propias de estas fechas, contrasta con aquellos que son golpeados por el destino y sufren la amargura del sufrimiento, el desconsuelo y la desolación.

Paradójicamente las convicciones religiosas se fortalecen en el dolor y se debilitan ante el placer, sin embargo la propia convicción no es suficiente sin una experiencia que ponga a prueba nuestra capacidad de estoicismo, la experiencia en la desgracia es habitualmente solipsista, hurga en el fondo de nuestro ser y recurre a la más encubierta autosuficiencia de nuestro yo.


El afligido experimenta la crudeza de la existencia, la fragilidad, la incerteza de la vida, y su expectativa de volver a la cotidianeidad pasa por asumir la impotencia humana ante el dolor devastador de la muerte de un ser querido, así se endurece el yo, y aunque la inmediatez del hecho haga tambalear sus convicciones el hombre intenta aferrarse a una dependencia cercana que proteja las amarras de su doctrina, luego solo el tiempo se encargará de aliviar la aflicción aunque la amargura vivida aflorará regularmente durante toda la vida.
La vulnerabilidad del ser humano es incuestionable, especialmente cuando los males o calamidades nos visitan. Es evidente que el hecho religioso (en cualquier confesión) no solo ayuda a soportar la aflicción sino que es determinante a la hora de aceptar la fatalidad en nuestra existencia, ya sea en un contexto de predestinación o de providencia. Cada hombre encarna una efímera odisea que emerge del espíritu y se consolida en la mente, una odisea llena de éxitos y fracasos, luces y sombras, dudas y convencimientos, pero lo que rompe las expectativas y se convierte en tragicomedia humana es el encuentro frontal, con la realidad de la vida, con el infortunio, la adversidad, la calamidad o la desgracia, entonces surgen las viejas antonimias y las grandes preguntas sin respuesta añaden desasosiego al yo personal consciente de las limitaciones humanas frente a la vida y la muerte.


La imprescindible sagacidad en el hombre de hoy, su apuesta diaria por ganar, de alcanzar sueños, de confiar en la fortuna, de olvidar los fracasos, de volver a intentarlo, de alimentar las esperanzas, de navegar entre un compendio de medias verdades, no bastan para preservarse de lo inevitable cuando llega, y así vemos amontonarse desde nuestro pedestal, las cenizas de un mundo que contempla inmóvil sus propias miserias.
El equilibrio emocional ante un hecho irreversible entre lo trascendente y lo cognitivo contemplado desde la aflicción solo es posible desde el concepto de inmortalidad del alma como frontera entre los que se fueron y los que aún permanecemos, por más que el impasse de la vida se prolongue en el tiempo.

Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona, 7 de Enero de 2013

sábado, 8 de diciembre de 2012

EL “ESTABLISHMENT” CATALÁN



Cataluña, hoy más que nunca, es un pueblo rendido al establishment, término anglosajón que apareció sobre el año 2005 y que podríamos definir como el conjunto de personas, instituciones y entidades que controlan el poder político y socioeconómico en una sociedad.


No cabe duda, a la vista de los escaños obtenidos por las fuerzas independentistas, que la aventura secesionista reside latente en buena parte de la sociedad catalana. No es casualidad que el stablishment iniciado por Pujol encuentre ahora, a pesar del retroceso de CIU, el apoyo de un pueblo con anteojeras que no ha sido capaz de romper con un poder hegemónico y su control sobre la sociedad catalana. Pero todo statu quo puede ser perceptible desde una óptica positiva o negativa, dependerá del alineamiento que escojamos.
Si observamos al escritor chino Mo Yan, último premio Nobel de literatura, ha cohabitado al tiempo que sorteado las directrices políticas de su país adaptándose a ellas sin provocar confrontación, así pudo desarrollar su obra sin necesidad de exiliarse, sin embargo la notoriedad cosechada por la obtención del Nobel le permitió atreverse a solicitar públicamente la liberación de Liu Xiaobo, un compatriota condenado por reclamar abiertamente avances democráticos en China.


Lo negativo del actual establishment catalán estriba en que el derecho a decidir del pueblo sobre un tema tan capital como la secesión del Estado parte desde un posicionamiento político que cuestiona la legitimidad de una Carta Magna, elaborada y sancionada en su día por los representantes legítimos del propio pueblo catalán. Hoy los intereses políticos privan sobre los de la sociedad civil ante la posibilidad de un poder hegemónico en un hipotético estado catalán.


Estas elecciones, por una parte, han evidenciado una considerable tendencia independentista que podría estar provocada por la actual coyuntura económica, y por otra atendiendo al tradicional sentimiento nacionalista atizado desde el poder político, sin embargo ante la posibilidad de una reforma constitucional, probablemente la opción independentista perdería muchos enteros. El establishment sitúa al catalanismo como la opción políticamente correcta y esta deformación de la realidad nos ha conducido a considerar el independentismo como la única concepción valida de apego y estima a la comunidad catalana.

En 30 años de autonomía, Cataluña ha sido dirigida, a partir de Pujol, desde un nacionalismo que ha ido calando en determinados estratos de la sociedad. Tras 23 años de pujolismo, Maragall quiso pasar a la historia como el creador de un nuevo estatuto, innecesario que nadie reclamaba, luego con el tripartito, el endeudamiento y malversación ya fue insoportable, y en este contexto político llegó Mas -el delfín de Pujol- con ínfulas de salvador de Cataluña y ambición para recuperar, con mayoría absoluta, el chiringuito de CIU. Pero Mas como heredero del pujolismo, ha osado traspasar la frontera de lo sensato, como si con él no fuese lo del seny català, ciertamente tuvo que recoger la nefasta gestión del tripartito y ante una crisis galopante se vio obligado afrontar una eminente quiebra de la Generalitat gestionando el rescate con el Estado.
Uno nunca conocerá si en su entrevista con Rajoy llevaba premeditado un planteamiento en términos que fuesen innegociables para su interlocutor y así tuviese la coartada de un posicionamiento cerrado e intransigente del presidente del Gobierno. En cualquier caso, lo cierto es que Mas envidó a todos con un órdago al proyecto secesionista que finalmente le ha explotado en las manos.
Ahora se aprecia el fracaso de una política nacionalista basada en la autodeterminación como eje prioritario antepuesto a los acuciantes problemas sociales y económicos. El pacto fiscal no solucionaría los problemas de fondo en Cataluña, pero probablemente atenuaría las tensiones y propiciaría un nuevo escenario abierto al dialogo, pero Mas ya no es el interlocutor válido, sus frases demagógicas “Madrid nos roba” “no nos quieren” o “si fuéramos independientes seríamos más ricos” lo han descalificado propiciando su descrédito y fracaso como negociador. Solo me cabe añadir su última guinda: “quiero una mayoría indestructible”; su torpe ceguera, engreimiento y ambición le han coartado considerar que en democracia no existen mayorías indestructibles, todo es susceptible de cambio.

Ante el actual contexto político, la realidad, ateniéndonos al resultado electoral, entre tanta semántica con significación heterogénea y confusa -nacionalismo, independencia, soberanismo, catalanismo o secesionismo- se ha logrado implantar un aforismo en el que, para bien o para mal, el establishment en Cataluña destila independentismo.

Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona, 6 de Diciembre de 2012

viernes, 16 de noviembre de 2012

EL SAINETE ELECTORAL


Desde las cortes constituyentes, el vocablo democracia se ha convertido en epítome del que se han llenado la boca políticos de todos los signos amparándose en él para cometer toda clase de escándalos, inmoralidades y atropellos contra la buena fe de los votantes. Sin embargo en los últimos tiempos han surgido voces que denuncian el oportunismo político en tiempo y momento determinado, en período de comicios. Es entonces cuando toda clase de promesas, de reformas, de utilización de la lengua autóctona o común, el mitin a pie de calle, la mano tendida y hasta el abrazo prolifera entre los candidatos, porque el voto es lo que importa. Luego, finalizada la campaña, el político se olvida de los compromisos contraídos menospreciando la legítima representación que el pueblo le ha otorgado, es la voz sesgada, la voz devaluada del votante ante un poder en usufructo conquistado en las urnas, que el político usurpa en propiedad. Ahora el pueblo será vasallo y le esperan cuatro años de prepotencia autoritarismo y desengaño.

Pero no escarmentamos, vemos que la lucha electoral se desarrolla cada vez con más fuerza en los grandes medios de comunicación, televisión, radio, prensa y en los últimos tiempos en las redes sociales, son las armas con que cuentan los partidos y el que no pueda disponer de ellas en las mismas condiciones que los poderosos tendrá, en principio, la batalla perdida, pero los movimientos sociales que parecen irrumpir con fuerza en el panorama nacional podrían tener su influencia. La opción de la abstención parece que encuentra terreno abonado, sobre todo entre la juventud, hastiada y desengañada de toda opción política representada por la actual “casta” que no ofrece nada nuevo.

Hoy nos encontramos con discursos programáticos exentos de moralidad, solo promesas utópicas que se desvanecen por si solas y para mayor candonga ahora nos presentan unas elecciones autonómicas con condición programática sine qua non definiéndose sobre secesionismo o permanencia en el Estado. Sobre ello algunos se permiten pontificar de las ventajas o inconvenientes de una hipotética Cataluña independiente cundo hoy nadie puede prever cómo podría derivar la situación social, política, económica o fiscal, si la independencia llegara a producirse, a medio o largo plazo. Mientras, los ciudadanos observamos el nuevo sainete y probablemente tropezaremos en la misma piedra votando a nuestro endémico partido del alma, con los mismos líderes, la misma verborrea, la misma estructura piramidal y el mismo encorsetamiento de poder.

No, este no es el camino para mejorar las cosas. El vacío moral ha sido una constante en las últimas legislaturas, tanto en generales como autonómicas, con toda suerte de escándalos. Hace falta decir, hasta aquí hemos llegado, solo una nueva clase política renovada, plural, flexible, incorrupta, con capacidad intelectual, sensible y solidaria, tendría el crédito necesario para alcanzar un alto porcentaje en las urnas, pero mucho me temo que esta vocación política de servicio, a la que muchos estaban llamados, perdió la fe en un sistema llamado democrático, todavía muy primario en nuestro país, que permitió al poder ejecutivo blindarse ante la justicia e influir ante el legislativo y el judicial que politizados perdían cotas de independencia.
Los politólogos debieran ejercer el rigor de su magisterio sobre las formas de hacer política y de dar auténtico sentido a la democracia porque nuestros políticos, partidos, y sindicatos, bajo el manto democrático, se han permitido instalarse en el poder, en el amiguismo y en el abrazo hipócrita del más rancio capitalismo.
Cuando nuestros políticos están reñidos con el pensamiento científico, el lance intelectual brilla por su ausencia y evidencian un anquilosamiento e incapacidad de crecimiento, pero a pesar de todo, son aplaudidos y elogiados, el líder populista está a la vuelta de la esquina, quizá parezca una falacia, pero en una sociedad en recesión, carente de criterios morales, todo es posible.

Luis Álvarez de Vilallonga

Tarragona, 16 de Noviembre de 2012

miércoles, 10 de octubre de 2012

DESTINO Y PROVIDENCIA


Uno siempre ha sentido inquietud por la predestinación o sino del hombre. Aunque me considere afortunado al haber sido tocado por el don de la fe, ello no es óbice para interesarme, como ser racional, por la casuística que desde antiguas civilizaciones marcan el destino del hombre desde el origen hasta su ocaso.


En la cultura greco-romana estaba perfectamente descrito, aunque ya en la mitología clásica y en civilizaciones como la babilónica, ya aparece el concepto del sino o el hado. Dios Zeus marca sus designios y así aparece en los poemas de Homero con sus dictados inexorables.
Los helenos y los romanos personificaban el destino en las Moiras o Parcas, tres doncellas con túnicas blancas concordes con la voluntad inmutable del destino. Cloto para los griegos, Nona para los romanos, sostiene una rueca con el hilo del destino. Laquesis o Décima lleva una pluma que asigna el destino, enrollando el hilo en el carrete dirige el curso de la vida. Átropos o Morta tiene la balanza, coge el carrete y corta el hilo de la vida.

Destino, sino o hado no son incompatibles con la providencia. En efecto, en civilizaciones pasadas estaban relacionadas directamente con deidades. Hoy me atrevería a señalar que el sentido del destino alberga un poso de trascendencia por cuanto es atribuible a algo que supera al hombre, en ese sentido, para los creyentes, la providencia es lo que Dios tiene al alcance de los hombres, no obstante existe una substancial diferencia, mientes que el destino es una supuesta fuerza a la que atribuimos todo lo que ha de suceder de forma irremediable (la fuerza del destino), la providencia relaciona la existencia de Dios con el libre albedrio del hombre, así el hombre es libre para decidir intrínsecamente sus acciones morales e intelectuales, Dios no interviene coartando su libertad.

He aquí la cuestión de fondo, el problema de la libertad del hombre siempre ligado a la suerte, la fortuna, la fatalidad o la desdicha, factores a los que atribuye su felicidad, pero es en la práctica libre y voluntaria de valores éticos y virtudes donde radica la felicidad, fin último de la naturaleza humana.

En términos filosóficos el destino es la fuerza determinada a la que se considera responsable de los acontecimientos que intervienen en la vida e historia de los hombres, y providencia la acción de Dios sobre el mundo, pudiendo intervenir, según la religión, por mediación de milagros. La cuestión estriba en conocer la procedencia, de donde emana la fuerza del destino ya que por otra parte conocemos que la providencia procede de Dios.
La providencia no se concibe sin humanidad y amor, la providencia es historia y ordena el curso de los tiempos, tal planteamiento podría responsabilizar al Creador de los males de la historia “el lodazal de males” según Kant, sin embargo sin la participación del hombre y su libertad no hay historia, es así que la caracterización teológica de la historia ha de reconocer necesariamente la intervención del hombre.

Muchos autores han llenado páginas hablando del destino. La ópera de Giuseppe Verdi La fuerza del Destino, basada en la obra Don Álvaro o la fuerza del sino del Duque de Rivas, es un ejemplo de lo prolífico y sugestivo de la cuestión a lo largo de los tiempos.

Fe, casualidad, circunstancias, expectativas, voluntad, un vasto recorrido por el devenir de la vida, por la andadura de cada ser que ignora su acontecer, por más que la planificación de su cotidianeidad lo prive alcanzar logros quizá latentes en su inconsciente.
Al final siempre nos quedarán dos opciones. La dependencia y sometimiento a nuestro destino o, ante hechos que nos superan, reconocer la existencia de un ser supremo a cuya providencia nos atenemos.
En el juego de la vida deberíamos aprender que la muerte forma parte de la existencia y solo es el nacimiento de otra etapa de la vida que desconocemos, del un logos absoluto que supera al hombre y su destino.

Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona, 3 de Octubre de 1012