domingo, 2 de noviembre de 2014

SECTARISMO Y NACIONALISMO

Uno de los actos cívicos más democráticos, aunque también aventurados, es el  razonamiento  público con exposición de argumentos que aborden una querella social  a favor o en contra.

El fondo de la cuestión es el poder político, en efecto, cualquier vocablo sobre el tema que nos ocupa (nacionalismo, separatismo, secesionismo o independentismo) conduce finalmente a la implantación del poder emergente frente al legalmente establecido.

La historia nos muestra como siempre, desde el poder, se ha intentado adoctrinar a las masas utilizando cualquier medio e instrumento, hasta el juego con los sentimientos. Esta práctica universal puede entenderse en oligarquías, dictaduras, o pseudo- democracias de corte populista, pero en democracias avanzadas no debieran tener cabida, sin embargo sigue ocurriendo. Partidos instalados en el gobierno lanzan proclamas nacionalistas desde medios públicos y privados subvencionados con fines propagandísticos, esgrimiendo toda clase de argumentos, historia adulterada o análisis arbitrarios sin detenerse a considerar la posibilidad de que un discurso continuado, porfiado y tenaz pueda escapar al control de multitudes  y provocar un enfrentamiento callejero de consecuencias imprevisibles; de hacho la fractura de la sociedad catalana es evidente y preocupante.

El creciente y vociferante independentismo en Cataluña tiene su explicación y principio embrionario no en el pueblo llano sino en la clase política que pretende así perpetuar su hegemonía ejerciendo un poder mesiánico sobre las masas.  La manipulación de la historia alimenta resentimientos, animadversiones y hasta enfrentamientos cuando la ignorancia o la ingenuidad es terreno abonado para el engaño y las medias verdades.

En los últimos años el sentimiento nacionalista ha sido alentado desde los medios públicos y desde el poder político, pero también es cierto que  el problema lingüístico, económico, fiscal y de endeudamiento, han favorecido ese crecimiento de abajo a arriba, donde el paro, los recortes y la pobreza han alimentado el sentimiento secesionista, porque parece que toda la responsabilidad en la falta de recursos proviene del Gobierno Central, recordemos la célebre frase  “España nos roba”.

Hoy disputas sectarias se producen en el seno de muchas familias cuando hace solo unos años gozaban de buena armonía, entendimiento y respeto a diferentes criterios y posicionamientos políticos. Ahora parece que el problema social de empobrecimiento, cultural, étnico o religioso queda minimizado ante el órdago independentista de CiU ERC, ANC u Òmnium.

La aventura independentista, parece que se desinfla. El globo secesionista hinchado por historiadores folcloristas y filólogas de palacio, que sacrifican el contexto histórico cuando interesa y extrapolan hechos, acontecimientos y episodios, dándoles el sentido que buscan que no se corresponden con la realidad, y así han dejado lamentables escenarios de enfrentamientos estúpidos y sectarios con símbolos de banderas, cantos y ese victimismo permanente que distancia a unos pueblos de otros.
Hay mitos i perjuicios que debieran quedar disipados. Los nacionalismos periféricos, durante los 40 años de franquismo fueron discriminados cultural e ideológicamente, sin embargo parece que ahora hay que regenerar todo lo que se perdió, que no fue mucho ni poco, y que en todo caso se ha recuperado a marchas forzadas; pero hay que pensar que en ese nacionalismo no todo es progresista (si se me permite utilizar este término tan ambiguo y manipulado), por sí misma la ideología nacionalista es un término que expresa una corriente reaccionaria y discriminatoria y consecuentemente de raíces antidemocráticas.  

Próximos al 9N parece que la consulta, aunque previsiblemente masiva,  no dejará de ser un simulacro sin mayor trascendencia formal. En cualquier caso la incertidumbre sobre el hecho y sus consecuencias se mantendrá hasta el último momento aunque a nadie escapa que el problema catalán es real e irreversible y habrá que encontrar una solución negociada, y esa negociación pasa por una reforma constitucional. Habrá que esperar a las próximas legislativas y la composición de fuerzas en un nuevo arco parlamentario, que se me antoja variopinto, para consensuar las tres quintas partes de las cámaras para cierto articulado y los dos tercios para los Títulos Preliminar, 1º y 2º, y acometer esa reforma que está llamando a las puertas del Congreso que, no solo debe afectar al tema catalán sino a otros muchos aspectos y capítulos  de la Carta Magna cuya actualización no debiera demorarse atendiendo a la demanda de las nuevas generaciones, ajenas a aquellas Cortes Constituyentes que sirvieron entonces para consensuar pacíficamente el cambio vital a una Nueva Ley Constitucional que hoy garantiza nuestro estado de derecho, y que por tanto debemos acatar y respetar en tanto no se modifique a través de los mecanismos democráticos establecidos.

Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona, 28 de Octubre de 2014




lunes, 27 de octubre de 2014

LEGITIMIDAD DE JUAN CARLOS Y FELIPE

Quizá sea una apreciación personal pero a tenor de las monarquías en ejercicio que sobreviven en Europa, la nuestra se presenta claramente cuestionada por ciertos sectores de la sociedad, y cuanto menos es políticamente complicada, por lo que su vigencia se me antoja limitada a medio o largo plazo.

Cuando el Generalísimo Franco designó sucesor como Jefe de Estado a título de Rey al Príncipe Juan Carlos, fue una decisión que de una u otra forma, ya desparecido el dictador, todos acatamos a tenor del proceso democrático constituyente.

La actual monarquía parlamentaria no es tan cómoda como pudiera parecer al estar sometida al riguroso escrutinio público y a la constante y exigente transparencia que en ciertos momentos se solapa con lo privado, haciendo incómodo y severo un ejercicio monárquico en el siglo XXI. En efecto, las monarquías parlamentarias deben someterse al control que exija el parlamento en consonancia con las leyes democráticas y la Carta Magna.

El 22 de noviembre de 1975, Don Juan Carlos de Borbón juró la legalidad entonces vigente, que no la legitimidad; su abuelo Alfonso XIII abandonó España cuando se proclamaba la II República.
Con la Reforma Política del 76, la convocatoria de libres elecciones en junio de 77 y la promulgación de la Constitución Española sancionada por SM el Rey Don Juan Carlos I en diciembre del 78, se asentaron los cimientos que sostienen los pilares de nuestra actual democracia.
Juan Carlos I fue intuitivo al elegir de la terna (Adolfo Suarez González, Federico Silva Muñoz y Gregorio López Bravo), aunque también se especuló mucho con el nombre de José María de Areilza y Martínez-Rodas (Conde de Motrico) que finalmente no fue incluido. La terna fue elevada al Rey por los consejeros del Reino y trasladada por el presidente del Consejo Torcuato Fernández-Miranda.
Designado Adolfo Suarez Presidente del Gobierno, el binomio con el Rey fue decisivo para acometer, no sin riesgos pero con firmeza, los cambios preceptivos que la sociedad demandaba hacia la consolidación de la democracia. No cabe duda que estos acontecimientos avalaban o cuanto menos favorecían una legitimidad que debía acreditar el monarca, pero a pesar de todo Juan Carlos tuvo que ganarse a pulso una legitimidad puesta en entredicho por ciertos sectores de la sociedad. El aldabonazo definitivo fueron dos hechos excepcionales en sintonía con el Presidente Adolfo Suarez: la legalización del PCE y su inequívoco posicionamiento ante el 23 F, que disiparon cualquier reticencia sobre su figura como Jefe del Estado y consolidaron su acción hacia el camino democrático que legitimaban definitivamente su reinado.

Su sucesor Felipe VI, podría optar por el refrendo democrático y conseguir la legitimidad desde la soberanía popular, pero estamos seguros que no correrá ese riesgo ni su entorno institucional se lo permitiría. Por otra parte, aunque nadie duda de su preparación, carisma y voluntad; destaca como primera medida limitar el contexto de la familia Real y apartar a quien haya sido imputado por delito fiscal. En cualquier caso, es evidente que le tocará recorrer un largo camino y mucho que demostrar para ganar esa legitimidad en origen. Parece que posee buenos mimbres pero deberá “torear” con una sociedad cambiante con demandas y exigencias que, aunque competen en primera instancia al Parlamento, deberá afrontar, y su criterio puede ser determinante a la hora de acometer cambios en la Constitución, bien en los títulos, capítulos o articulado, pero en ningún caso enmiendas a la totalidad. Un análisis complejo que deberá abordar desde su imparcialidad.

El panorama no se le presenta particularmente idílico; las consecuencias de la crisis económica, el resquebrajado consenso constitucional, la fiebre soberanista, la fragmentación de la izquierda, la incertidumbre sobre el bipartidismo y la aparición en escena de un populismo extremista, auguran tiempos difíciles en los que irrumpirán caldos de cultivo adoctrinados y madurados durante la última generación a los que habrá que dar respuesta adecuada con sensatez, dialogo y serenidad, pero también con firmeza y determinación.

Cuando suenan voces reclamando una república, se hace imprescindible constatar la utilidad de un nuevo monarca pues sin ella la monarquía parlamentaria no tendría sentido. La jefatura del Estado en nuestro país es fundamentalmente una representación institucional y una función protocolaria y por tanto con un poder poco real y muy limitado; la soberanía reside en el Parlamento representante del pueblo. Por otra parte las dos experiencias republicanas fracasaron y tras la dictadura, hemos vivido un largo período de estabilidad democrática jamás alcanzado, no parecería pues sensato ni necesario cambiar ahora el sistema.


En un final de legislatura presumiblemente crispado, corresponderá Rey generar el clima necesario en un marco de diálogo y entendimiento para acometer las reformas constitucionales que no admiten demora, aunque quizá habrá que considerar un necesario receso hasta la composición del nuevo arco parlamentario que surja de las próximas legislativas.

Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona, 2 de Octubre de 2014




jueves, 11 de septiembre de 2014

PODEMOS O REGENERACIÓN DEL SISTEMA



En estos tiempos difíciles, de crisis, desengaños, desilusiones y frustraciones, el espectro político está en primer plano ante una sociedad buscando una alternativa que le devuelva el sosiego y la seguridad y ciertas garantías exigibles, ante las negras expectativas que el CIS pronostica.

Al margen de los anti sistema, el movimiento 11- M y otras formaciones de corte radical, no sería lógico pensar que toda la sociedad se apunte a cambios tan radicales, inciertos e inviables; ¿acaso no existen más alternativas?

Quizá haya un interés general por satanizar un liberalismo en el que hoy por hoy ningún partido se sentiría cómodo, ya que todos, en mayor o menor medida, cuando alcanzan el poder, practican un paternalismo intervencionista sobre la sociedad civil.

En todo caso, nuestros políticos adolecen del sentido representativo que se les concedió en las urnas y en una democracia representativa debieran considerar las inquietudes, quejas y propuestas de sus representados y asumir los errores y críticas. Es obvio que esta democracia debiera acometer cambios substanciales sin miedos ni reticencias, son síntomas que emanan de una sociedad hastiada de tanto blindaje y aforamiento, es la clase política la que huye y se resiste a cambios transparentes, leyes electorales o reglamentos camerales que puedan afectar a su estatus privilegiado.

La fragilidad de los sistemas hace sino que ratificar la debilidad del hombre integrado en una determinada ideología cuando sus intereses personales no le satisfacen. Las mentalidades totalitarias son delirios, patologías que someten pero que nunca llegan a imponerse en el tiempo. Ni el estalinismo ni el nazismo hitleriano tenían escrúpulos ante perjuicios antisemitas y paranoias de aquellos sistemas que provocaron millones de muertos.

La memoria es frágil pero peor es la ignorancia; las dictaduras o los regímenes populistas, alcanzado el poder, eliminan o desarticulan todo lo que pueda hacerles la más leva sombra y se arrogan la única ordenación legítima, son Estados habitualmente de corte comunista donde se reparte miseria para todos excepto para el partido que medrará subrepticio en un auténtico capitalismo.

No hay progreso político sin progreso moral a pesar de que la historia se repite con periodos cíclicos en lo esencial aunque vestidos con atuendos, artíficos y avances tecnológicos de su época. Pero ese monoteísmo de observar la historia desde su miseria, barbarie y crueldad como algo ya vivido en otra frecuencia, pone de manifiesto el convencimiento de considerar al progreso moral como algo inevitablemente necesario para el desarrollo de la humanidad.

Es así que las tesis políticas con moral pervertida pueden imponerse a nivel teórico pero cuya praxis fracasa en el tiempo. El elemento que compromete, garantiza y trasciende al ser humano es el sentido estético de religión sobre el que después de dos mil años se continúa discutiendo.

En nuestra joven democracia nadie pensaba que pudiera haber margen para un hipotético populismo, pero hoy contemplamos con estupor que ya está llamando a las puertas del Congreso. Ante postulados leninistas, sistemas trasnochados, comunas y otras beldades, se impone una profunda reflexión y considerar que el esfuerzo de generaciones por levantar un país no puede echarse por la borda. Quien hasta ahora ha permanecido impávido ante las urnas porque el sistema no les afectaba negativamente o podían soportar sus decretazos, que empiecen a preocuparse porque los bienes, patrimonios y libertades ganadas estarían a precario, si las generaciones perdidas consiguen romper el sistema.

En política todo es posible y no debemos menospreciar a nadie. Cada partido cabal deberá valorar su situación y actuar en beneficio de un país miembro de la UE. Solo el consenso, para la regeneración de un sistema corrompido, de todos aquellos que votamos la Democracia Constitucional puede evitar aventuras populistas de calado leninista.

Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona 09 de Septiembre de 2014






jueves, 14 de agosto de 2014

POPULISMO, COMUNISMO Y OPORTUNISMO


El resultado de las pasadas elecciones europeas ha puesto en alerta nuestro país a los dos grandes partidos mayoritarios ante la considerable pérdida de votos, conscientes, aun sin ser extrapolables, de una hipotética fuga de sufragios en próximos comicios.

Adoctrinar al pueblo es atrofiar su capacidad para pensar por sí mismo, la desculturización, los discursos partidistas, la historia sesgada, las medias verdades y las flagrantes mentiras, forman parte de ese riguroso adoctrinamiento obligado en los manuales de las dictaduras. Sin embargo, lejos de abandonar esos métodos, también en las democracias se emplean con mayor o menor sutileza, ya que los réditos conseguidos por los partidos son considerables a la hora de alcanzar el poder que buscan.

Partiendo de la base que el hombre como ser individual tiene todo el derecho, no solo a criticar denunciando o refutando todo aquello con lo que no esté de acuerdo ya sea político religioso o ideológico, sino también a combatirlo con las armas o procedimientos lícitos que la ley pone a su alcance, pues de otra forma la sociedad permanecería inamovible, encorsetada, anclada en sistemas inalterables proclives al agotamiento, la ineficacia, el anacronismo y la perversión. Durante el último tercio del siglo pasado y principios de XXI se han producido relevantes convulsiones políticas y una eclosión migratoria buscando, más que una vida digna, la mera supervivencia.

El impaciente impulso del hombre por experimentar cambios a tenor de los constantes avances científicos y tecnológicos, son realidades que han acelerado la capacidad de conocimientos desde la inmediatez informativa y en consecuencia la aparición de líderes mediáticos, movimientos reivindicativos y mensajes semánticos sin solvencia acreditada que inundan las redes sociales y alcanzan cualquier rincón del mundo. Nuestra libertad de expresión, cada vez mayor, se acrecienta día a día superando las barreras legales ante sentencias judiciales que amparan hechos censurables desde la lógica y el sentido común y que sorprenden ante nuestro desconocimiento de los vericuetos jurídicos. Siendo así, no es extraño que rebeldes o revolucionarios crecidos osen proferir cualquier exabrupto o acción que les venga en gana contra la coherencia constitucional, forma de estado establecido, política de turno, libertad religiosa o sistema democrático.

Según Octavio Paz “La revuelta es la violencia del pueblo; la rebelión, la sublevación minoritaria; y la revolución es reflexión y espontaneidad”. En todo caso las revoluciones, sean del signo que sean, su reflexión, en la práctica no tiene conciencia ni misericordia y en su nombre se han producido holocaustos, masacres y exterminios. Solo el pacto social puede garantizar un cambio donde impere la justicia y la equidad.

Nos jactábamos de ser una sociedad democrática donde antes de la crisis habíamos alcanzado un nivel de abundancia en un libre mercado con obsesión por producir más y más, y así nuestra capacidad por consumir se convirtió en el primer objetivo sin apenas considerar la miseria del tercer mundo; pero lo grave es que ese consumismo material descontrolado también lo asociamos al terreno de las ideas, al amor de alcoba, a una la amistad ficticia e irreal (una absurda competición por ver quién lograba más amigos en Facebook), prácticas perecederas en la que todo tiene una vigencia efímera, se adquiere se utiliza y se prescinde o abandona, así nuestra sociedad se ha visto superada por tanto desecho material y moral.

Ante esta situación es fácil encontrar terreno abonado para el populismo. El nuevo totalitarismo de corte comunista, pretende enmascarar su potencial enfrentamiento contra la democracia, la libertad y los derechos humanos. Cuando la crisis ha golpeado duramente a determinados estratos sociales y se ha puesto en duda la globalización capitalista, tampoco se encuentra respuesta ante el fracasado totalitarismo comunista. Aun reconociendo las grandes carencias de nuestro sistema, hoy estamos ante el umbral de una nueva revolución genética, demográfica, étnica y económica de alcance mundial ante la que no podemos prever sus riesgos, peligros o beneficios.

Nos ha tocado vivir a caballo entre dos siglos que parecen estar compitiendo por la autodestrucción, se postulan ideales de autodeterminación y autogobierno y el concepto de democracia parece un término confuso que pierde sentido y se acomoda a la interpretación interesada de cualquier preboste. Hoy nos invade una amalgama de ideas ambiguas, contradicciones, fanatismos fundamentalistas, terrorismo y conflictos de intereses y de poder sin visos de solución. Por el momento nos conformaríamos con el cumplimiento a ultranza, y con el máximo rigor, de las leyes establecidas.

Solo una apueste por una supremacía desde las cuestiones del espíritu, la regeneración ética, la honradez y rectitud de conciencia, podrían aportar luz a esta Babilonia universal.

Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona 13 de Agosto de 2014

jueves, 7 de agosto de 2014

DE HONORBLE A REPROBABLE


No sé si la reflexión es una necesidad, una virtud o un vicio, lo cierto es que uno se plantea con cierta asiduidad el porqué de muchas actitudes y comportamientos en relación con el ser humano.


En estos días de verano, ordenando mi modesta biblioteca, cayó en mis manos un estudio sobre las teorías de Thomas Hobbes, nada menos que un filósofo del siglo XVII, pero que tras releer sus tesis, se me antojan a la medida de nuestros días.

En efecto, refiriéndome al hombre insertado en el contexto público, hoy, no encuentro más razón de su comportamiento, corrupto, desleal, ambicioso y hasta perverso que las razones que esgrimió Hobbes; una antropología pesimista donde las conductas naturales del hombre son valorados en términos materialistas, una sociedad humana enfrentada donde el hombre transige con el hombre, pacta con el poderoso para sobrevivir y así en ese contexto social el fuerte crea un poder político que garantiza su hegemonía al tiempo que condiciona la supervivencia de una humanidad resignada.

Aquel estado regulaba el derecho, la propiedad, el conocimiento, algo que ya sucedió con la ilustración y con el sueño del humanismo, pero lo cierto es que hoy, en un estado de derecho, cabe sin cortapisas el proteccionismo, el populismo, la adulación, las prebendas, el narcisismo, el resentimiento, la traición y el odio.

Los políticos se mueven por intereses y su discurso los aparta de la realidad y la razón recurriendo a argumentos irracionales, poniendo en entredicho la democracia constitucional o apelando a sus personales y subjetivos conceptos democráticos.

Jugar con los sentimientos para llevar a cabo una determinada acción política es algo muy manoseado a lo largo de la historia.
El adoctrinamiento, desde el resentimiento y el victimismo como fundamento ha sido utilizado en el mundo por muchos poderes con la fuerza que se obtiene desde una planificación elaborada minuciosamente, con el alcance que el aparato propagandista del Estado dispone aplicado en los ámbitos más eficaces y sutiles como la cultura o la educación, que desarrollaran una labor emocional identitaria que trasladada al campo político logrará desatar apasionados sentimientos, de aparente racionalidad, sustentados en argumentos manipulados, falsos o engañosos.



Ahora, a toro pasado, (aunque algunos desde el afer de Banca Catalana ya teníamos claro el talante moral de Pujol), es fácil cargar tintas sobre el que fuera el prohombre de Cataluña, el glorioso político de estado que debía conducir a la “nación” catalana a las más altas cotas de bienestar y autonomía; pero Pujol nunca fue un convencido independentista, sin embargo sí un ferviente catalanista que quiso obtener el mayor autogobierno de la Generalitat aunque sin apartarse del guión constitucional.




Ahora nos preguntamos qué le conduzco a un cambio tan radical hacia el independentismo. Desde luego que existen algunas respuestas teóricas, pero puestos a especular uno se inclina a considerar que después de tantos años sin haber encontrado el momento para confesar su “desliz” ¿qué le impedía alargar un poco más su silencio?, quizá confiaba llegase, sino la independencia, si al menos la cacareada tercera vía, merced a la cual la Generalitat obtendría la plena y exclusiva autonomía en materia de justicia, educación y gestión tributaria propia, y alcanzado este escenario, ¡aquí no ha pasado nada!.
Pero las previsiones del honorable fallaron y se cruzó en su camino la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal de la Policía (UDEF) con investigación abierta en varios frentes y en uno muy avanzada. Probablemente Pujol tuvo conocimiento del cerco legal y siempre es más decoroso confesar que exponerse a un arresto domiciliario.

Un episodio de la reciente historia de Cataluña muy lamentable, tanto, que mi sentimiento como catalán, no por adoctrinamiento sino por propia convicción, racionalidad cognitiva, e interpretación versátil de la historia, se ha sentido herido, porque un personaje con pies de barro ha ofendido y mancillado la dignidad de cada catalán de bien.

Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona 6 de Agosto de 2014

jueves, 10 de julio de 2014

HOMBRE Y MUJER: disparidad y plenitud

La marginación de la mujer, desigualdad, diferencias y confrontación respecto al hombre no es cosa nueva. Si nos remontamos a Homero, leemos en la Odisea que Telémaco manda callar a su madre Penélope alegando que en la esfera pública no debe pronunciarse ya que la palabra y la opinión son cosa de hombres.

En la antigua Grecia, hablar en público era un atributo de masculinidad y así la tradición de manifestarse a través de la oratoria se fundamentaba en función del género. Sin considerar la misoginia en la acepción categórica de su significación, podríamos decir que esa marginación intelectual en el concepto machista, no la excluye como objeto de deseo considerándola, efectivamente como una propiedad al servicio del hombre. Desde entonces hasta hoy la mujer ha tenido que pagar un alto precio para ser considerada al nivel del género masculino. Nuestra cultura, heredera del mundo clásico, en muchos aspectos ha estado vinculada al género costando siglos reconocer esa aberración que nos transmitió la cultura grecorromana.

No existe pues ninguna razón objetiva para que estos perjuicios sobre la mujer hayan estado arraigados en la sociedad occidental hasta el siglo pasado, seguramente ni siquiera exista una cuestión neurológica, se trata entonces de una herencia transmitida durante siglos que nuestra  civilización arrastra durante dos milenios.

Hasta aquí no puedo más que lamentar la supina estupidez del género masculino, cerrado, obtuso, soberbio, egoísta y limitado. Ahora bien, en aras de esa liberación femenina se han cometido una serie de errores, oportunismos, equívocos o movimientos reivindicativos que si bien en muchos casos han sido enormemente positivos, en otros han perjudicado y retrasado la emancipación de la mujer, porque en ese complejo universo femenino ha habido engaños, intereses y una combinación desencadenante de fuerzas en direcciones dispares con incógnitas y dudosos objetivos que se apartaban del legitimo fin reivindicativo.    

Lo cierto es que el gran logro de la emancipación de la mujer ha generado problemas hoy todavía sin resolver, y no hablamos de aquel ancestral permiso que necesitaban para abrir una libreta de ahorro, o para que se le expidiera el pasaporte, o acceder a trabajos atribuidos al género masculino y cuanto menos ingresar en el ejercito; nos referimos a la incorporación definitiva por derecho al mercado laboral, a la liberación de la dependencia económica de terceros y al sometimiento legal como persona al margen del género. Pero es evidente que esa liberación ha propiciado que colectivos extremistas hayan aprovechado sus tesis feministas para alimentar la confrontación entre géneros, transgrediendo el discurso sensato y razonable.

El gran error del feminismo más rancio es querer alcanzar a cualquier precio la igualdad respecto al hombre e imponer cuotas de género encorsetadas en el 50% cuando la capacidad, preparación, currículum u oposición es la que debería primar sin consideración de género a la hora de acceder a cualquier ámbito laboral o responsabilidad directiva, probablemente así,  la mujer alcanzaría mayor porcentaje de cuota.

Entendemos que la igualdad en cuanto al trabajo, puestos directivos, función pública, emolumentos y otras cuestiones que puntualizaría como derechos de la persona, debieran ser obvios, sin embargo cabe señalar que hombre y mujer son seres distintos y por tanto su   objetivo no debiera ser parecerse el uno al otro, sino que su colofón vital seria alcanzar la máxima plenitud en su ámbito como género diferenciado, en todo caso parecerse en aquellos atributos que admiramos desde la perspectiva como persona. 

Con el reconocimiento del sufragio llegaron otros derechos, y sobre todo el de la igualdad, al menos teórica, en el ámbito ciudadano y por extensión político, pero como ya hemos dicho, su incorporación definitiva al mundo laboral la libera de la dependencia económica y marca un hito real y objetivo para su emancipación, escapando a cualquier tutelaje y logrando su total independencia. Por otra parte su exponencial incorporación a la universidad supuso un posterior ejercicio como profesional liberal o trabajando en empresas, con lo que su tradicional dedicación exclusiva a los hijos y labores domesticas abrió una brecha generacional que afortunadamente los jóvenes de hoy asumen consensuadamente de forma natural sin consideración de género.

Esencialmente en la mujer y el hombre todo es distinto, quizá por ello esa complementación necesaria de encuentro, hoy más que nunca, se dé en un plano de plenitud entre ambos géneros buscando la conjunción de valores, sensibilidades y sentimientos.

Tarragona, 10 de Julio de 2014
Luis Álvarez de Vilallonga 

viernes, 23 de mayo de 2014

ELECCIONES ÚTILES

En nuestro país, estas europeas se plantean más que por un respaldo al propio proyecto europeo, como un pulso político entre los dos grandes partidos, pero su descrédito deja abierto el camino a un cierto populismo que podría hacerse eco medrando en el Parlamento Europeo.

Populares y Socialistas, lejos de consensuar acuerdos que beneficien a nuestro país en el marco de la unión, se enzarzan en airear sus vergüenzas dando una imagen frente al electorado de que su prioridad es ocupar puestos en el parlamento al margen de propuestas programáticas que debieran escapar a planteamientos de política interna en clave electoralista con alcance de un próximo futuro. Una vez más se pone de manifiesto el desencuentro endémico entre las dos fuerzas mayoritarias incapaces de aunar esfuerzos ante un nuevo envite europeo.

Desde Maastricht, que supuso la consolidación de UE, y el posterior fracaso del intento de una Constitución, se alcanzó una importante ampliación con la entrada de países del este, y tras cuestionarse la eurozona se llega al Tratado de Lisboa que fortalece al Parlamento Europeo  alcanzando un mayor protagonismo, aunque el Consejo continuará gozando de poder decisivo.






    ¿Por qué son importantes estas elecciones? Desde el punto de vista meramente electoral, parece que en cada comicios se avanza, aunque muy lentamente, hacia el proyecto de unión fiscal y política, y con ello a la Constitución Europea que a medio o largo plaza deberá llegarse ineludiblemente; pero en las elecciones que nos ocupan se observan dos cuestiones: la propuesta de las dos grandes coaliciones de candidatos a Presidente de la Comisión, y un debate político que teóricamente debiera ir dirigido al demos europeo pero que en realidad, al no existir políticamente, se centra individualmente en los Estados miembros que objetivamente velan por sus propios intereses frente a una UE sin sistema político y sin fuero Constitucional.

Sin embargo los estados representados en la UE conocen que ante un mercado globalizado, con países emergentes y sociedades con millones de potenciales consumidores, solo con una UE consolidada, irreversible y sin marcha atrás, podrá hacerse frente y asumir los retos que el futuro depare en un mundo cambiante e imprevisible, con migraciones humanas que desesperadamente llegan, como un goteo incesante, a nuestras costas.

Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona, 23 de Mayo de 2014