miércoles, 17 de julio de 2013

LOS HERMANOS MUSULMANES

Tras la lo que quedó de la Primavera Árabe, en Egipto los Hermanos Musulmanes consiguieron llegar al poder pero, a nadie escapa que la presencia islamista de esta organización, sin tener la representación y el poder social de los chiitas en Irán, se posicionó tras las elecciones como una fuerza a considerar por las expectativas que ofrecían a la juventud egipcia con una tendencia aperturista en contraposición al anterior régimen, sabiendo esconder perfectamente sus intenciones, al fin y al cabo en buena parte, a ellos les correspondía atizar la presión de los jóvenes contra el antiguo régimen. Sin embargo no debemos perder de vista que la sharía está siempre presente en la cultura islámica, es la ley divina y en base a ella se fundamente todo derecho.

El llamado por los ingenuos “islamismo moderado” encierra una raíz totalitaria inconciliable con las libertades y la democracia. En realidad el término define perfectamente la figura retórica oxímoron que une dos palabras con significado opuesto. La identidad reaccionaria, el
pensamiento totalitario y alienante del islamismo frente al término moderación.

Desde su fundación por Hasan al-Banna en 1928, los Hermanos Musulmanes han sufrido toda suerte de restricciones, persecuciones y asedios, por parte de los gobiernos egipcios, con algunas transiciones en que los vientos parecían favorecerles pero volvían ser ilegalizados y postergados por los distintos presidentes hasta la caída de Mubarak. Hoy su líder en Egipto Mohamed Badie, entiende que la violencia contra un ser humano no reviste importancia ante un ataque contra el profeta Mahoma.


Pero para comprender los sangrientos enfrentamientos entre la población musulmana hay que remontarse, por ejemplo, al problema sirio y conocer el odio y enemistad ancestral entre las comunidades alauita surgida de una escisión del chiismo (toman vino y sus prácticas religiosas tiene algunos elementos del cristianismo) que supone el 10% de la población de Siria frente a los sunitas, el 75% de la población. La Primavera Árabe de Túnez y Egipto animó países como Siria a lanzarse a la calle exigiendo reformas democráticas.


En 1982 en Hama, feudo de los Hermanos Musulmanes, fueron masacrados cerca de 20.000 suníes por el régimen minoritario alauí de El Asad, pero la burguesía suní adscrita al partido el Baaz (laico, socialista y nacionalista) está aliada con el régimen de Bachar el Asad que en ningún caso estaría dispuesto a ceder el poder ante un posible gobierno sunita.

Una vez más se desenmascara la postura radical de los Hermanos Musulmanes en Egipto, que después de ganar las elecciones en 2011 se vieron privados del poder por una sentencia del Tribunal supremo. En 2012 se hizo con el poder Mohamed Mursi (hermano musulmán aparentemente moderado) por un estrechísimo margen de votos.

La sombra de los Hermanos Musulmanes más radicales planeaba en el entorno del nuevo presidente que aprobaba una constitución islámica en la que la fetua (resolución del Mufti, cuyas disposiciones son consideradas como leyes) se antepone a cualquier fallo o disposición legal. Así las cosas ya nadie duda que, tras la intervención militar y la caída de Mursi, la lucha de los Hermanos Musulmanes para recuperar el poder y defender el régimen islámico será cruenta para imponer su fundamentalismo.


El islam de los salafistas radicales Gamaa al Islamiya, las leyes deleznables de la shría donde la esencia del estado radica en la religión y el punto de mira de las organizaciones terroristas de Al Quaeda, Hezbolá y Ansar la Sharia, ponen en peligro la situación de un país donde parecía que cierta apretura “democrática” podría tener su oportunidad.


En mi anterior artículo hablaba de la separación Iglesia-Estado. En los países musulmanes esta separación no se concibe porque el concepto estado-islam emana del segundo término y su identidad se integra en una misma unidad.

La lucha está abierta entre los Hermanos Musulmanes y los jóvenes que sueñan con un Egipto en democracia, pero hoy por hoy una utopía, en un país dividido donde la contradicción Islam-democracia no tiene cabida.

Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona, 15 de julio de 2013

lunes, 8 de julio de 2013

IGLESA Y ESTADO

Hoy nadie duda que Iglesia y Estado sean dos poderes, uno trascendente y espiritual, y otro real y temporal, obligados a convivir separados, pero es conveniente señalar que esta separación no debe forzosamente producir ruptura ni enfrentamiento. Durante más de casi 40 años de estado confesional, donde la religión católica formaba parte fundamental del sistema, es lógico pensar que los escépticos, agnósticos, ateos o simplemente los no practicantes se encontraron en una situación comprometida o cuanto menos incómoda. Alcanzada la democracia, hay que reconocer que a pesar de los aires de libertad y anticlericalismo, la tradición cristiana impresa a través de los siglos ha permanecido en la sociedad y la tendencia a la confesionalidad católica es ampliamente mayoritaria y una evidencia hoy por hoy incontestable. No ocurre lo mismo en otros países que sufrieron la influencia luterana con el resquebrajamiento del poder de la Iglesia al extenderse protestantismo por Europa e Inglaterra.


A pesar de la larga tradición religiosa en España, ha faltado tiempo para que tras la transición y alcanzada la democracia, se haya pretendido ningunear, profanar y escarnecer nuestra religión desde estratos laicistas extremistas, fanáticos, intolerantes y belicosos contra la libertad religiosa bajo el amparo de gobiernos pusilánimes incapaces de imponer un mínimo respeto a las creencias individuales y colectivas de buena parte de una sociedad creyente, alienando el derecho a la libre expresión de su credo. No ocurre lo mismo en Francia e Italia, también países eminentemente católicos, quizá porque los años que nos llevan en democracia les ha enseñado que el respeto y el libre albedrio forman parte del concepto filosófico que enmarca a las personas dentro de la moral colectiva a la que deben responder ante la ley de forma individual como seres pensantes con voluntad propia.


Ahora nos pueda sorprender esta animadversión específica contra el catolicismo, pero la cuestión se remonta al siglo XVIII, (el siglo de las “luces”). La Ilustración, movimiento filosófico y cultural europeo que, junto a ciertos valores, se empecinó en abrazar el pensamiento racional y la ciencia como método para resolver los enigmas del hombre y el universo, preconizando el despotismo ilustrado, ahogando la teología y separando terminantemente la Iglesia del Estado.

No entraremos en los avatares históricos de la reforma y contrarreforma, pero lo cierto es que la implantación del protestantismo en Europa nos aproxima al nacimiento del capitalismo, y en ese sentido su ética es más convincente y laxa que un cuestionado catolicismo en una nueva sociedad imbuida imperialismo, colonialismo y cosmopolitismo. Con todo la influencia de Spinoza se dejó sentir en el siglo XVII, y fue una de las claves del racionalismo que se impondría en el siglo XVIII.

Es posible que en el devenir de los tiempos la Iglesia quede minimizada ante los Estados, sin embargo el concepto religioso, o si se quiere espiritual, es inherente al hombre y esta evidencia nos lleva convenir que, más allá de cualquier fe o creencia, existe una necesidad teológica que ha movido al hombre desde el principio de los siglos.

Finalmente solo nos faltaba conocer la militancia en la masonería de personajes tan relevantes en el poder judicial o la política como Pascual Sala, ex presidente del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional, y de Fernando Ledesma, exministro de Justicia. Siendo así y conviniendo que debe haber separación Estado-Iglesia, no me cabe duda de la animadversión de ciertos poderes fácticos contra la Iglesia Católica.

Cuando se relega moral y religión, y los gobiernos se embarcan en experimentos docentes, entrometiéndose en derechos individuales, imponiendo adoctrinamientos ideológicos y reduciendo la religión a una mera filosofía moral, el país pierde todo sentido ético. Solo la conciencia individual, desde una introspección objetiva, puede ser capaz de entender y respetar el binomio Iglesia-Estado desde la libertad y el respeto, sin interferencias ni manipulaciones.

Tarragona, 1 de Julio de 2013
Luis Álvarez de Vilallonga

sábado, 11 de mayo de 2013

INTELECTUALES FÁCTICOS



En los dos últimos siglos la influencia de los intelectuales ha sido determinante en la evolución de la sociedad moderna, principalmente de los laicos. En la Edad Media los conocimientos y la intelectualidad se constreñían principalmente al clero y al poder eclesiástico. A partir del siglo XVIII, los nuevos intelectuales utilizan su propio pensamiento al margen de las creencias, tradiciones o hábitos morales creando no solo opinión sino marcando pautas para comportamientos sociales tanto a nivel individual como colectivo.

Pero ¿quiénes son los intelectuales? ¿Acaso son personas que intentan guiar a la humanidad desde sus criterios culturales, ideológicos, conceptos filosóficos o religiosos? Ciertamente la ruptura con el ámbito moral religioso lo personalizaron en Prometeo que robó el fuego del cielo bajándolo a la tierra. En cualquier caso, al intelectual se le atribuye inteligencia, pero debe ejercer el intelecto por encima de cualquier otra función psíquica y reunir atributos propios de su condición: curiosidad, interés, cultura, comprensión, erudición, sabiduría, capacidad crítica, objetividad y capacidad para transmitir el conocimiento de la verdad.

Durante el Renacimiento en el siglo XVI surgen los humanistas. Tomás Moro, Erasmo de Róterdam, Miguel Servet, Luis Vives, Antonio de Lebrija, Michelle de Montaigne, Buillaume o Bude, auténticos intelectuales de la época que marcarían pautas. En este siglo y posteriores es cuando los intelectuales nos legan el sentido fáctico influyendo o cambiando en mayor o menor medida el rumbo de de la sociedad, en ese sentido y siendo fiel a la realidad de sus hechos y ateniéndome al concepto cásico del término, no podemos obviar a figuras capitales como Jean Jacques Rousseau con sus innovaciones morales e ideológicas demoliendo altares y encumbrando la razón, su influencia fue tal hasta el punto de sentar los principios de la Revolución francesa. ¿Podemos considerar Karl Marx como un intelectual? en efecto, lo fue, su filosofía fue tan determinante que se institucionalizó en países como Rusia y China con las funestas consecuencias que conocemos al ser llevada a extremos por dirigentes como Mao Tse-Tung, Lenin o Stalin. El pasado día 5 se cumplieron 200 años del nacimiento de Soren Kierkegaard, padre del existencialismo cuya influencia se dejo sentir en autores como Unamuno. Bertolt Brecht utilizó el teatro como medio de influencia y su mensaje alcanzó a medio mundo. Henric Ibsen cambió el pensamiento social de su generación predicando la rebelión del individuo contra los prejuicios sociales, proclamando la prioridad de la conciencia individual y la libertad de ideas personales sobre las establecidas en la sociedad.

Ante este parco repaso de intelectuales pretéritos, uno no puede por menos que preguntarse si en los tiempos actuales existen intelectuales de talla o sencillamente un puñado de contertulios, políticos, escritores o periodistas mediáticos que aparecen en los platos de TV creando meramente opinión, pueden considerarse como tales aún eximiéndoles de la capacidad para producir algún cambio social. ¿Son los Nobel su último reducto, o convenimos que Internet y sus redes sociales son una fuente inagotable de cerebros y talentos que se manifiestan y crecen en tiempo récord?


El concepto idealista que circunda a los intelectuales de hoy y que debiera, teóricamente situarlos en un contexto ajeno a la clase dominante, los acomoda en una realidad utópica de que su pensamiento emerge desde las pautas sociales establecidas cuando, es la percepción de la propia realidad la que debiera engendrar ideas o pensamientos. Lo peor de ellos es haberse alineado con partidos políticos provocando una ceguera ante hechos objetivos.

En todo caso a lo largo de la historia son los movimientos intelectuales los que han dejado huella en el mundo, en Europa fue el humanismo el que sin duda ejerció la mayor influencia sobre la literatura, él arte, la ciencia, la filosofía la política o el derecho y de sus fuentes bebieron muchos nombres ilustres de la Edad Moderna.
Hoy el intelecto permanece en muchos casos oculto, ahogado por la nueva “cultura de masas” donde todo vale, donde el relativismo impone su ley, pero el intelectual no abandona, permanece atento en su oratorio presto a ejercer su magisterio. El tiempo, la circunstancia y el momento están en sus manos.

Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona 9 de mayo de 2013

sábado, 2 de marzo de 2013

ANGELO SCOLA, MI CANDIDATO


En el eminente cónclave, al igual que en los anteriores del último siglo, siempre se ha barajado el nombre del posible Cardenal que ocupará la silla de San Pedro tras el “Habemus Papa”.

Nadie duda de las diferentes facciones que existen dentro del Colegio Cardenalicio y en el orbe de la cristiandad: La iglesia en sud América, en África o EEUU tienen sus candidatos, pero es en el seno del Vaticano donde la influencia y el peso específico de sus Congregaciones pueden decidir el elegido.

La renuncia de Benedicto XVI añade un nuevo elemento substancial al cónclave que inevitablemente se plantea en un nuevo contexto al producirse la votación con la vigencia de un Papa Emérito. En efecto, toda la influencia del Pontífice, a pesar de su renuncia, se dejará sentir en el cónclave y a nadie se le escapa el nombramiento del Patriarca de Venecia Ángelo Scola el 28 de Junio pasado como Arzobispo de Milán. Posee una edad razonable, 69 años, experiencia, vocación misional y pastoral con proximidad a los fieles que suele recibir un día a la semana, sensibilidad por los temas sociales y además junto a una gran formación intelectual, posee dotes de gran organizador. Parece que sería un Papa con garantías para afrontar los retos que la Iglesia entendemos debe acometer en una sociedad moderna y cambiante con necesidad de directrices claras firmes y contundentes en sus principios, pero también precisa en otros aspectos ser dialogante, humana y actual.


Muchos son los temas que las comunidades cristianas demandan y que en el tiempo la Santa Sede deberá abordar: El celibato, la Moral sexual, el papel de la mujer en la liturgia, las vocaciones en la Iglesia de hoy y la integración en los órganos Vaticanos de la representación de las comunidades Iberoamericanas, Africana y Asiática que aportan el 65% de católicos.
Las reformas en la Iglesia son lentas pero no cabe duda que tras el papado de Benedicto XVI, el nuevo Papa no deberá demorar algunas reformas ya que del nuevo pontificado puede depender, en gran parte, el futuro del cristianismo.

En la elección de un Papa todo influye: la Santa Sede como Jurisdicción episcopal del Obispo de Roma, en la Curia Romana los representantes del Papa (los cardenales), que en ocasiones son nombrados en función a su adhesión a Roma que por su capacidad evangelizadora, y así las congregaciones con su prefecto Cardenal son organismos básicos en el funcionamiento de la Iglesia y, en ese sentido podríamos destacar a otros candidatos.

El nuevo Prefecto de la importantísima Congregación para la Doctrina de la Fe (no olvidemos que este es el año de la Fe) Gerhard Ludwig Müller de 64 años, arzobispo de Ratisbona, un germano (como Benedicto XVI) encargado de velar por la ortodoxia de la Iglesia, y el Prefecto de la Congregación para los Obispos, Marc Oullet de 67 años, arzobispo de Quebec y primado de Canadá con experiencia en la Curia Romana como secretario del Consejo Pontificio para la promoción y la unidad de los Cristianos, y así podríamos enumerar una lista, no más de cinco o seis, con posibilidades reales.

Leyendo la trayectoria de los posibles candidatos, no cabe duda que desde la perspectiva humana pudiera llegarse a una conclusión racional y posiblemente coincidente, sin embargo tratándose de la Iglesia cuya esencia emana de la divinidad de Cristo, no solo el factor humano será el decisorio en el cónclave. Uno, desde la Fe que profesa, concluye que el Espíritu Santo dejará sentir su inspiración en la Capilla Sixtina, iluminando a los Cardenales para que su elección sea la necesaria y mejor para la Iglesia.

Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona, 2 de Marzo de 2013

miércoles, 6 de febrero de 2013

EL DESDENCANTO DE LA DEMOCRACIA



Tras los continuos escándalos de corrupción a todas las escalas y en distintas y variadas modalidades con la impunidad manifiesta de un sistema incapaz de atajarla, es inevitable considerar que algo o mucho falla en el procedimiento de un sistema democrático que como poco esta adulterado y falto de instrumentos que limiten el poder de los gobernantes y faculten a los gobernados a ejercer un control sobre ellos a través de instituciones civiles regladas.



Tras la estafa democrática que nos han ido vendiendo los grandes partidos políticos desde la transición, seria pedagógico efectuar un análisis de los diversos sistemas o regímenes políticos a lo largo de la historia. Desde la antigua Grecia, Aristóteles consideraba algunas formas elementales de gobierno: dominios, monarquías y tiranías individualizadas generalmente en un sátrapa, oligarquías familiares, y gobiernos constitucionales, y democracia de mayorías. Parece que depositar la soberanía en el pueblo a través de mayorías democráticas tiene unas connotaciones de mayor equidad, pero si nos atenemos a la historia moderna, comunismo, dictadura y democracia capitalista, han copado buena parte de los últimos siglos. No cabe duda que el sistema democrático sería el mejor si cumpliese las condiciones a las que más adelante me referiré, en caso contrario podría convertirse en el peor de los sistemas amparado en el mágico vocablo que los griegos acuñaron describiendo la forma de gobierno idiosincrática de las ciudades-Estado, sin embargo hoy nuestra democracia, vacía del contenido inherente a su propia esencia, dista mucho de lo que creímos poder alcanzar tras la dictadura.




La auténtica democracia requiere una carta magna respetada, burocracia profesional, subordinación militar al gobierno civil elegido, organismos reguladores y de control para la transparencia de las transacciones y actividades económicas, criterios sociales que salvaguarden derechos y exijan obligaciones y un estricto respeto y rigor en el cumplimiento de las leyes. Todo ello implica la independencia de los tres poderes, sin esto no existe democracia real. Aquí con convocar elecciones cada cuatro años o cuando al gobierno de turno se le antoje en función de los intereses de partido, ya somos demócratas, el partido ganador tiene bula para aliarse con cualquiera, hacer cuanto le apetezca, gozar de inmunidad ante la ley, y amparados por ese concepto adulterado se erigen y legitiman camuflados como dictadores de nuestra época.



Algunos medios son como profetas que avisan de la corrupción cuando los ciudadanos de a pie ya hemos sido engañados por un sistema de partidos cerrado y piramidal que tapan mutuamente sus vergüenzas y que solo reaccionan cundo ven peligrar sus intereses de poder.
Nuestras leyes son como papel de celofán que en muchos casos solo sirven para envolver las injusticias amparadas en prebendas i privilegios legislados desde un poder que no cesa de satisfacer a su corte privada de acólitos y compinches.



Los pensadores más liberales del siglo XVIII, se proclamaban monárquicos porque veían en la monarquía moderna (al margen de los partidos) una institución libre de ataduras que valoraban las leyes, la justicia y una administración libre de corrupción, y en ese sentido la democracia para que se cumpla debe atenerse a determinadas restricciones, normas que deben cumplirse por encima de todo y que garanticen el equilibrio de poderes, derechos y obligaciones. Nuestra democracia se ha convertido en un medio para lograr fines políticos interesados una vez se ha alcanzado una mayoría absoluta o en coalición. Sin embargo a pesar del vacío y carencias evidentes que urge regenerar, consideramos la democracia como la única forma legítima de gobierno, un reconocimiento dominante en la mayor parte del mundo, una creencia que en su imperfección tolera la impunidad, el intervencionismo desaforado, la mentira con envoltorio de fraude y hasta justifica prevaricaciones, populismos y extremismos irracionales, será que entre las sílabas de esta mágica palabra todo cabe y se atenúa el delito. La ignorancia tiene cura, la estupidez no. Nuestra democracia necesita de educación y humanización de la sociedad, lamentablemente todavía hoy dista mucho de alcanzar niveles aceptables a través de los cuales conseguir siquiera el deseo firme de una praxis ética, una regeneración y un renacimiento moral.


Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona 6 de Febrero de 2013

domingo, 13 de enero de 2013

EL ESCAPARATE DE LA AFLICCIÓN


Uno intenta valorar objetivamente este sentimiento aunque la realidad demuestre que cada persona siente, percibe o proyecta su aflicción de forma exclusiva.

La respuesta de las personas al sufrimiento revela la esencia de su propio ser, de su filosofía de vida, y en ese sentido cuando la desgracia o infortunio se cierne sobre ellas suele aparecer el mecanismo de auto afirmación en sus convicciones y así raramente se produce el tópico -aquella desgracia cambió su vida- muy al contrario, es el encuentro frontal, desnudo y crudo con la realidad desgarradora de un hecho doloroso, de sufrimiento, cuando emerge el yo de la supervivencia.

En las fiestas navideñas, fin de año y Epifanía es cuando la cara de la aflicción se revela más contundente. La alegría, el decorado, la ilusión y las celebraciones propias de estas fechas, contrasta con aquellos que son golpeados por el destino y sufren la amargura del sufrimiento, el desconsuelo y la desolación.

Paradójicamente las convicciones religiosas se fortalecen en el dolor y se debilitan ante el placer, sin embargo la propia convicción no es suficiente sin una experiencia que ponga a prueba nuestra capacidad de estoicismo, la experiencia en la desgracia es habitualmente solipsista, hurga en el fondo de nuestro ser y recurre a la más encubierta autosuficiencia de nuestro yo.


El afligido experimenta la crudeza de la existencia, la fragilidad, la incerteza de la vida, y su expectativa de volver a la cotidianeidad pasa por asumir la impotencia humana ante el dolor devastador de la muerte de un ser querido, así se endurece el yo, y aunque la inmediatez del hecho haga tambalear sus convicciones el hombre intenta aferrarse a una dependencia cercana que proteja las amarras de su doctrina, luego solo el tiempo se encargará de aliviar la aflicción aunque la amargura vivida aflorará regularmente durante toda la vida.
La vulnerabilidad del ser humano es incuestionable, especialmente cuando los males o calamidades nos visitan. Es evidente que el hecho religioso (en cualquier confesión) no solo ayuda a soportar la aflicción sino que es determinante a la hora de aceptar la fatalidad en nuestra existencia, ya sea en un contexto de predestinación o de providencia. Cada hombre encarna una efímera odisea que emerge del espíritu y se consolida en la mente, una odisea llena de éxitos y fracasos, luces y sombras, dudas y convencimientos, pero lo que rompe las expectativas y se convierte en tragicomedia humana es el encuentro frontal, con la realidad de la vida, con el infortunio, la adversidad, la calamidad o la desgracia, entonces surgen las viejas antonimias y las grandes preguntas sin respuesta añaden desasosiego al yo personal consciente de las limitaciones humanas frente a la vida y la muerte.


La imprescindible sagacidad en el hombre de hoy, su apuesta diaria por ganar, de alcanzar sueños, de confiar en la fortuna, de olvidar los fracasos, de volver a intentarlo, de alimentar las esperanzas, de navegar entre un compendio de medias verdades, no bastan para preservarse de lo inevitable cuando llega, y así vemos amontonarse desde nuestro pedestal, las cenizas de un mundo que contempla inmóvil sus propias miserias.
El equilibrio emocional ante un hecho irreversible entre lo trascendente y lo cognitivo contemplado desde la aflicción solo es posible desde el concepto de inmortalidad del alma como frontera entre los que se fueron y los que aún permanecemos, por más que el impasse de la vida se prolongue en el tiempo.

Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona, 7 de Enero de 2013

sábado, 8 de diciembre de 2012

EL “ESTABLISHMENT” CATALÁN



Cataluña, hoy más que nunca, es un pueblo rendido al establishment, término anglosajón que apareció sobre el año 2005 y que podríamos definir como el conjunto de personas, instituciones y entidades que controlan el poder político y socioeconómico en una sociedad.


No cabe duda, a la vista de los escaños obtenidos por las fuerzas independentistas, que la aventura secesionista reside latente en buena parte de la sociedad catalana. No es casualidad que el stablishment iniciado por Pujol encuentre ahora, a pesar del retroceso de CIU, el apoyo de un pueblo con anteojeras que no ha sido capaz de romper con un poder hegemónico y su control sobre la sociedad catalana. Pero todo statu quo puede ser perceptible desde una óptica positiva o negativa, dependerá del alineamiento que escojamos.
Si observamos al escritor chino Mo Yan, último premio Nobel de literatura, ha cohabitado al tiempo que sorteado las directrices políticas de su país adaptándose a ellas sin provocar confrontación, así pudo desarrollar su obra sin necesidad de exiliarse, sin embargo la notoriedad cosechada por la obtención del Nobel le permitió atreverse a solicitar públicamente la liberación de Liu Xiaobo, un compatriota condenado por reclamar abiertamente avances democráticos en China.


Lo negativo del actual establishment catalán estriba en que el derecho a decidir del pueblo sobre un tema tan capital como la secesión del Estado parte desde un posicionamiento político que cuestiona la legitimidad de una Carta Magna, elaborada y sancionada en su día por los representantes legítimos del propio pueblo catalán. Hoy los intereses políticos privan sobre los de la sociedad civil ante la posibilidad de un poder hegemónico en un hipotético estado catalán.


Estas elecciones, por una parte, han evidenciado una considerable tendencia independentista que podría estar provocada por la actual coyuntura económica, y por otra atendiendo al tradicional sentimiento nacionalista atizado desde el poder político, sin embargo ante la posibilidad de una reforma constitucional, probablemente la opción independentista perdería muchos enteros. El establishment sitúa al catalanismo como la opción políticamente correcta y esta deformación de la realidad nos ha conducido a considerar el independentismo como la única concepción valida de apego y estima a la comunidad catalana.

En 30 años de autonomía, Cataluña ha sido dirigida, a partir de Pujol, desde un nacionalismo que ha ido calando en determinados estratos de la sociedad. Tras 23 años de pujolismo, Maragall quiso pasar a la historia como el creador de un nuevo estatuto, innecesario que nadie reclamaba, luego con el tripartito, el endeudamiento y malversación ya fue insoportable, y en este contexto político llegó Mas -el delfín de Pujol- con ínfulas de salvador de Cataluña y ambición para recuperar, con mayoría absoluta, el chiringuito de CIU. Pero Mas como heredero del pujolismo, ha osado traspasar la frontera de lo sensato, como si con él no fuese lo del seny català, ciertamente tuvo que recoger la nefasta gestión del tripartito y ante una crisis galopante se vio obligado afrontar una eminente quiebra de la Generalitat gestionando el rescate con el Estado.
Uno nunca conocerá si en su entrevista con Rajoy llevaba premeditado un planteamiento en términos que fuesen innegociables para su interlocutor y así tuviese la coartada de un posicionamiento cerrado e intransigente del presidente del Gobierno. En cualquier caso, lo cierto es que Mas envidó a todos con un órdago al proyecto secesionista que finalmente le ha explotado en las manos.
Ahora se aprecia el fracaso de una política nacionalista basada en la autodeterminación como eje prioritario antepuesto a los acuciantes problemas sociales y económicos. El pacto fiscal no solucionaría los problemas de fondo en Cataluña, pero probablemente atenuaría las tensiones y propiciaría un nuevo escenario abierto al dialogo, pero Mas ya no es el interlocutor válido, sus frases demagógicas “Madrid nos roba” “no nos quieren” o “si fuéramos independientes seríamos más ricos” lo han descalificado propiciando su descrédito y fracaso como negociador. Solo me cabe añadir su última guinda: “quiero una mayoría indestructible”; su torpe ceguera, engreimiento y ambición le han coartado considerar que en democracia no existen mayorías indestructibles, todo es susceptible de cambio.

Ante el actual contexto político, la realidad, ateniéndonos al resultado electoral, entre tanta semántica con significación heterogénea y confusa -nacionalismo, independencia, soberanismo, catalanismo o secesionismo- se ha logrado implantar un aforismo en el que, para bien o para mal, el establishment en Cataluña destila independentismo.

Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona, 6 de Diciembre de 2012