miércoles, 25 de noviembre de 2015

POPULISMO E INDEPENDENTISMO: ALGO EN COMÚN

Es posible que al abordar un tema tan resbaladizo como el que nos ocupa, pudiera incurrir en equívocos o interpretaciones supuestamente subjetivas pero aún en tal caso uno asume el riesgo, no sin el pleno convencimiento de que el planteamiento tendrá adictos y detractores como todo aquel que puede expresar algo sin tapujos ni condicionantes, atendiendo al imperativo de su conciencia al que no se quiere ni debe sustraerse.

Un escrupuloso análisis de los dos términos aplicados al tiempo en que nos movemos y, naturalmente concediendo el protagonismo a los gobernantes del pueblo catalán, uno no puede ocultar, desde la triste desazón, las conclusiones que el título de este artículo anuncia.
El populismo arrincona y abandona el orden legal, el independentismo, bien a través de la invocación de unos derechos superpuestos a los legales y constitucionales o argumentando el manido hecho diferencial, descalifica lo legal y se aferra un derecho a decidir unilateral sacado de la chistera de su jurisprudencia para finalmente ignorar el orden legal.
Para que se produzcan estos escenarios es necesario un Líder con cierto carisma y buena verborrea que conduzca el proceso con  habilidad y que su palabra se transforme en la palabra del pueblo. Su discurso reparte riqueza por doquier, promete estructuras de nuevo estado donde todos vivirán mejor,  pero también fomenta la animadversión hacia los que no apoyen su proyecto o proceso y se vale de todos los medios propagandísticos a su alcance para aleccionar al pueblo. Transmite la falsa ilusión de una mejor subsistencia y en el caso de Cataluña una nostálgica reivindicación histórica que nos remonta a los primeros Reyes de Aragón y condes de Barcelona como Ramón Berenguer IV, Alfonso II el casto o Pedro II el católico, y más aún Wifredo el Velloso (el mítico fundador de Cataluña) que reunió bajo su gobierno los condados de Barcelona, Gerona, Osona, Besalú, Cerdenya i Urgell, siendo el último conde nombrado por un Rey franco. A su muerte estos condados no adquirieron una entidad unitaria ni  independiente, sus hijos se repartieron los títulos y continuaron rindiendo vasallaje al rey franco.
Pero volviendo a nuestros días, nadie puede negar que desde ese intento independentista, orquestado desde el poder, se intenta adoctrinar, domesticar, dominar sutilmente al pueblo concibiendo una particularísima democracia que se arrogan y legitiman en la voluntad popular a la que previamente ha subordinado, al tiempo que niegan la constitucionalmente establecida; de ahí la obsesión de promulgar nuevas leyes que les otorguen mayores cotas de poder.
El populismo es camaleónico y es capaz de acomodarse a cualquier ideología. El independentismo, por lo menos en Cataluña, nos ha demostrado que la ideología es lo de menos, aglutinando en una sola candidatura un batiburrillo de ideologías contrapuestas y contra natura con tal de conseguir una mayoría que permita alcanzar el objetivo previsto.
Desgraciadamente, oyendo y repasando el discurso de Mas en la fallida investidura, hemos sido testigos de la engañosa ilusión de conseguir un estado independiente casi idílico, adulterando la verdad, y culpando al Estado central de los males del Estado autonómico con cifras alucinantes, pero hoy ya no engaña a al  que quiere, solo al que puede, y cada vez menos después aparecer la publicación de Josep Borrell y Joan Llorach “Las cuentas y los cuentos de la independencia” donde de forma contrastada y rigurosa se desmonta la aritmética de la Generalit y  se pone en evidencia frases populistas como “España nos roba”. Todo el castillo de naipes construido desde el poder autonómico se ha venido abajo tras las pasadas elecciones.

No nos detendremos más en constatar más paralelismos, obviando adrede el de la corrupción, que llenaría más de un folio, pero en todo caso la situación actual que vive Cataluña habla por sí misma: una sociedad fracturada, coaliciones políticas desmembradas, partidos sin serios objetivos políticos, una parlamento (con perdón) de feria, un patético intento de investidura y un desgobierno sin precedentes. Pero seamos positivos, de peores situaciones hemos emergido, solo hace falta aplicar el seny català que buena parte de políticos de tres al cuarto, que hoy  medran en nuestra cámara, han perdido o nunca poseyeron.
Ante este panorama es evidente que Cataluña necesita un cambio substancial, pero a estas alturas y a las puertas de unas legislativas, con la jerga de candidaturas previstas y con el espectáculo de una campaña electoral asegurado, uno ya no sabe a qué carta jugar; quizá habrá que emular la solución de aquel viejo chiste “Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy”  
Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona, 26 de Noviembre de 2015


 


CATALUÑA ENTRE LA FRACTURA Y EL PIÉLAGO

Parece que un virus de la sinrazón ha contaminado a la presidenta y ciertos sectores del Parlamento catalán. Presumir de una fuerza que no se tiene y arrogarse la decisión del pueblo catalán en el sentido secesionista, que en ningún caso se ha producido, es una falacia de los partidos independentistas Junts pel Sí habiendo quedado palpablemente demostrado en las pasadas elecciones autonómicas que la propuesta del voto secesionista no alcanzó el 50%.
La megalomanía de  autoalimentar la supremacía de Cataluña sobre el resto de España es una percepción que en el siglo XXI y finales del XIX quizá tuviera cierta justificación, pero en los años en que vivimos no tiene ningún sentido y menos visos de realidad; junto con el manido fet diferencial ha provocado un desprecio zafio por el resto de comunidades, exceptuando el País Vasco por razones obvias.
Aunque uno no vivió los infaustos hechos de octubre del 34 y julio del 36, la experiencia de 72 años de vida repartida entre Madrid y Cataluña, podemos constatar que el nacionalismo catalán, a partir de los primeros años de la transición, se produjo a través de un adoctrinamiento encubierto a través de la ley de la inmersión lingüística que en su día nos pareció útil, reconociéndola necesaria, si no fuera porque iba más allá del mero aprendizaje y conocimiento de nuestra propia lengua. Desde las instituciones e instrumentos mediáticos públicos como TV3 y privados subvencionados, nunca se dejó de invocar la “intrínseca” modernidad catalana, la autosuficiencia, el victimismo y el desequilibrio económico provocado por Madrid. Ya desde los gobiernos de Jordi Pujol, pasando por Maragall con su nuevo Estatut (que nadie reclamaba), el tripartito de Montilla hasta Artur Mas (Junqueras), el proceso de nacionalización de la sociedad catalana ha sido constante con un goteo de gestos, símbolos y un nuevo lenguaje postizo y distinto al que practicamos toda la vida.
Pero esa fractura de la sociedad catalana no se entendería sin dos premisas muy bien articuladas desde los distintos gobiernos de la Generalitat. Uno el programa de las escuelas y centros educativos cuyas consecuencias hoy se hacen notar cuanto menos en una generación perdida que solo han tenido la posibilidad de acceder académicamente a la historia oficial de Cataluña sin contrastar otras versiones tan objetivas o subjetivas, tan ciertas o partidistas como las oficialistas, unido a ello el entorno social y mediático, es comprensible la fractura generacional en el seno de las propias familias; y segundo el hábil clientelismo instaurado por CIU (Jordi Pujol entre 1980 y 2003, Artur Mas entre 2010 y 2015) sin olvidar al nefasto tripartito. Todo ello unido a la crisis y a  la escandalosa corrupción del PP antes de conocerse la trama del “honorable”.
Por otra parte la utilización partidista del prestigio de catalanes universales para su causa, es una manipulación ostensible. Un ejemplo es la del insigne violonchelista Pau Casals que si levantase la cabeza seguramente se avergonzaría de aquellos que ahora enarbolan la bandera del independentismo. En 1971 recibió la medalla de la Paz de manos de U-Thant , secretario general de Naciones Unidas, y en aquel discurso que pronunció a los 95 años señalamos frases como “Cataluña es la nación más grande del mundo”, “tuvo un parlamento mucho antes que Inglaterra”, “sentó las primeras bases para las Naciones Unidas”, pero al margen de estas declaraciones Casals fue un genio universal, compositor y director que hablaba con el violonchelo y su universalidad la debe principalmente por su virtuosismo con el instrumento,  pero intenta ocultarse que junto con su gran catalanismo, con el que nos identificamos y que ahora es denostado por los independentistas, siempre afirmó su españolidad “soy catalanista pero jamás he sido separatista”, ligado a la monarquía través de su amistad con la reina María Cristina, en plena república lo hicieron hijo adoptivo de Madrid.   
Así las cosas hoy nos encontramos ante un probable final de un “proceso” con el fracaso del simulacro de referéndum del 9-N de 2014 -con una participación inferior al 40%, la ruptura de la coalición CiU tras las recientes elecciones municipales y autonómicas, la irrupción de un populismo que Mas necesita para formar gobierno, pero vista la propuesta unilateral de secesión y república catalana anunciada por la señora Forcadell, intuyo que el final está cerca aunque antes haya que resolver trámites jurídicos, legales y constitucionales. Solo nos queda investir a un nuevo President o proclamar un nuevo “mártir catalán” pero dudo si los Junqueras, Forcadell, Romeva, Rull o Franco estarán en ello, en todo caso el choque de intereses contrapuestos entre formaciones políticas tan opuestas hace difícil un consenso.
Uno hoy no es capaz de imaginar siquiera nuevos puentes de entendimiento, pero pasado el 20 de diciembre no cabe duda que los nuevos responsables de gobernar que salgan de las urnas, deberán forzosamente hallar fórmulas de entendimiento que sin apartarse de la legalidad democráticas satisfaga a las partes, empresa que se nos antoja harto difícil.
Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona, 30 de Octubre de 2015







 

domingo, 1 de noviembre de 2015

AUTONOMÍA, FEDERALISMO Y NACIONALISMO

Superados ya 40 años de transición democrática, cualquier persona con una elemental  capacidad de análisis es consciente de que nuestro Estado  tiene una peculiaridad política  singular y determinante, que en nuestro territorio cohabitan sensibles y marcados nacionalismos interiores.

La crisis económica destapó, no pocas carencias y abusos en el estado de las autonomías al tiempo que el estado central, incapaz de afrontar reformas de fondo en temas capitales como la justicia, la educación, el modelo territorial, la corrupción o el sistema fiscal, nos ha conducido a una situación donde las nuevas generaciones han constatado los vicios y defectos  de un sistema incapaz de regenerarse y  ante la flagrante desigualdad social, el paro juvenil y la precaria situación laboral, provocando el desencanto y la desafección política hacia los partidos tradicionales los ha ido conduciendo a opciones de nuevos partidos con dudosas garantías de mejora a tenor de lo visto hasta la fecha.
En el punto que nos encontramos ya no cabe hablar de federalismos y nacionalismos si no es desde la óptica de una reforma constitucional, que sin denostar las aspiraciones de unos y otros, racionalice, actualice y solidarice las autonomías, y en ese sentido  las leyes no pueden ser vulneradas por quien siendo parte del Estado lo representa en su  comunidad. En cualquier caso, hoy en democracia, cualquier supuesto en una nueva modalidad de Estado, forma de gobierno o sistema político, se haría imprescindible una reforma estructural como la despolitización de la justicia, unificar competencias y sobre todo suprimir el reparto de las cuotas politizada por los partidos y normalizar el nombramiento de vocales del Consejo General del Poder Judicial

La educación, en términos académicos, es otro lastre endémico que arrastramos desde la transición con un pésimo posicionamiento en las listas de PISA (Programme for international studenta assessment) o PIAAC (Programa Internacional para la Evaluación de la Competencia de los Adultos); el evidente fracaso escolar impone una revisión del sistema y homogeneizar las materias troncales en todas las comunidades autónomas. No menos preocupante es el mercado laboral o el sistema fiscal, pero el caballo de batalla se centra en la lengua común y su oficialidad en todo el territorio, sin menoscabo de las otras lenguas reconocidas por la Constitución y los Estatutos de Autonomía.


La enseñanza de la lengua común, es decir el castellano, debe ser un derecho reconocido en toda el área docente junto a las otras lenguas propias de algunas comunidades, y ese derecho no puede ser vulnerado incumpliendo las leyes establecidas, en ese sentido cualquier modalidad de Estado, forma de gobierno o sistema político debiera asumirlo como requisito indispensable para la formación académica.     

El órdago lanzado por  Mas al Estado de la Nación, en una carrera febril e irracional hacia adelante, contempla la utopía nostálgica de la aventura independentista que intentaron,  entre otros Pau Claris, logrando el período más largo de pseudoindependencia tras  someterse al rey francés Luis XIII, episodio que duro 12 años.

Es evidente y notoria la capacidad, emprendimiento y seny del pueblo catalán frente a situaciones complejas; solo mentes abyectas y cerradas en el ámbito político han propiciado la fractura de la sociedad catalana, iniciando de forma perversa una querella de la lengua, utilizándola como frontera y como herramienta coercitiva asociada al poder, obviando que el bilingüismo es un hecho en nuestra sociedad en la que cohabitan las dos lenguas sin traumas ni discriminaciones en la ciudadanía avanzada del siglo XXI, quizá aspirando a la libertad de elegir en cual educar a los hijos valorando, con cual se puede ganar más dinero, con cual tener mayor reconocimiento social o simplemente apelando al derecho de elección; sin embargo lo inteligente y pragmático aconsejaría dominar  ambas lenguas y utilizar cada una en el tiempo, lugar, ámbito, circunstancia, y participación  adecuada.
Intuyo que en esta campaña electoral al Parlamento catalán, orquestada de forma plebiscitaria, oiremos declaraciones dogmáticas, absolutistas e irresponsables que crispen el debate político  para caer en una dinámica de ofensas, descalificaciones y ataques personales, en una frenética e inútil carrera por arañar votos; una procaz forma de confundir a las masas, presa de fácil manipulación para el voto dirigido, porque cuando no existe capacidad de análisis y la práctica de pensar por uno mismo es nula, se pierde el sentido de la democracia concebida para pueblos maduros, educados y con el pensamiento libre, donde las decisiones se fundamentan en la razón.
Confiemos que sea cual sea el resultado prevalezcan los cauces legales y las reglas del juego san respetadas en el “supuesto” estado de derecho.     

Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona, 12 de septiembre de 2015


jueves, 13 de agosto de 2015

A VUELTAS CON LA MEMORIA HISTORICA

 Parece que no hay forma de finiquitar la dichosa ley de memoria histórica que de forma tan irresponsable y nefasta soliviantó el presidente Rodríguez Zapatero. El resultado fue reiniciar una nueva confrontación de las dos Españas que la transición democrática había conciliado de forma ejemplar. Ahora la alcaldesa Ada Colau ha nombrado a Xavier Domenech comisionado para la memoria histórica, como si no hubiese temas más prioritarios e importantes que tratar.
 
La memoria histórica casi nunca suele ser objetiva, incluso la relatada en primera persona; la contraposición de las memorias personales e individuales configuran la historia de forma porcentual en la objetividad de cada individuo, sólo la memoria histórica adquiere rigor y objetividad cuando la coincidencia porcentual en el relato histórico alcanza una mayoría abrumadora; es el caso de holocaustos, exterminios o crímenes contra la humanidad. Pero la memoria histórica es muy proclive a revestirse de ciertas cuotas relativismo cuando no de dogmatismo en aras de ciertos intereses o resentimientos preconcebidos.   
La memoria histórica puede ser buena o mala. El individuo forja su  identidad en un contexto de vivencias, experiencias individuales y colectivas y en el conocimientos del pasado  a través de la historia; historia cuyas fuentes pueden ser y son diversas y dispares, de ahí la reserva y prudencia a la hora de aceptar como única y verdadera una determinada visión de la memoria histórica. El pasado es algo que no debe borrarse, queda escrito en sus diversas versiones, pero nunca debe ser una obsesión, antes bien una lección positiva de la que cada uno debe extraer su propia valoración. El Tratado de Versalles fue una enfermiza obsesión para Hitler y no perdía ocasión para recordárselo al pueblo nutriendo así su espíritu de venganza.

Las educaciones nacionalistas son un ejemplo de la memoria negativa. Coincido con la célebre frase de George Santayana  “Los pueblos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo” sin embargo ello no constituye ninguna garantía. Europa es triste ejemplo de reincidencia a pesar de conocer sus delirios, descarríos, y vergüenzas históricas que provocaron contiendas inhumanas e irracionales.
Hay memorias que crean leyendas para salvaguardar las carencias, miserias, o intereses de gobernantes, siendo rescatadas de forma adoctrinada y sin visos de realidad. Suele suceder que la memoria histórica se utiliza como arma vengativa  con una  visión  desenfocada en el tiempo y más próxima a la ucronía que a la realidad de los hechos; el rencor favorece todo tipo de interpretaciones, es bueno conocer la historia pero la dependencia de su memoria siempre condicionara nuestro presente.
A veces es necesario renunciar a la batalla política para adoptar posturas conciliadoras ante confrontaciones que pueden desembocar en enfrentamientos dolorosos. Las educaciones adoctrinadas son un ejemplo de la memoria negativa, en muchos casos se manipula porque está construida  desde la eliminación del pasado, del olvido o la creación y reconstrucción de una memoria impuesta e interesada.
La memoria histórica tiende a defender nuestro propio pueblo, nuestras ideas, nuestra colectividad y en todo conflicto hay leyendas negras y gloriosas, víctimas y vencedores y paradójicamente en nuestro país tras cuarenta años de democracia en la que se recompuso  una memoria convulsa y se alcanzó un consenso en el reconocimiento y la conciliación de las partes, ahora parece que la visión de los acontecimientos pasados, inducidos por una óptica ideológica, persigue romper la concordia alcanzada en democracia tras la tragedia de nuestra cruenta guerra civil.
 
Las nuevas generaciones harían bien en enterrar las causas políticas y luchar para no perder las libertades ganadas durante la transición, evitando que el poder caiga en manos de quienes de forma hipócrita y engañosa pretenden un bien común basado en la anulación del gran potencial de la sociedad civil para manipular desde el aparato del estado toda actividad política, social y económica; una utopía ya sufrida con nefastas consecuencias.
Finalmente la memoria histórica nos recuerda grandes hechos en los que la humanidad ha ido progresando constantemente a pesar de las guerras, dictaduras y holocaustos, pero solo el progreso moral nos puede aproximar a un escenario propicio para el diálogo, el consenso y la cancelación de odios, rencores y viejos resentimientos del pasado.

Luis Alvarez de Vilallonga
Tarragona, 31 de Julio de 2015


sábado, 11 de julio de 2015

LOS CAMBIOS QUE SE AVECINAN

A estas alturas de la legislatura y transcurridos los comicios municipales, nadie duda de que es necesario e inevitable que se produzca un cambio en la forma de hacer política, en las estructuras del Estado y en el sistema electoral, pero sobre todo en las personas que deben liderar las diversas opciones ideológicas ya que el desgaste, el empecinamiento y la falta de entendimiento entre gobierno y oposición se ha evidenciado durante los últimos cuatro años; sin embargo el cómo y el modelo de cambio preocupa ya que la democracia concede margen suficiente para que accedan al poder extremismos radicales, populismos o cualquier extraño personaje o formación respaldada por intereses de terceros.

El resultado de las recientes elecciones municipales, han abierto los ojos a no pocos ciudadanos, al haberse radicalizado el voto en función de la opción política de partido en  lugar de la atomización del personaje idóneo para gestionar la administración local, y por otra parte el panorama autonómico ha dejado claro la precariedad de las fuerzas de centro derecha para formar gobiernos y la posibilidad de posibles pactos entre fuerzas de centro izquierda con izquierdas radicales y populistas. Lo positivo de este nuevo panorama político es que nos puede servir de referencia como si de una primera vuelta de tratase, y de aquí a hasta las próximas generales (y nunca mejor dicho próximas) las tomásemos como una segunda vuelta y con ello enmendásemos este batiburrillo político, despejando incógnitas, trasvase de votos, abstenciones de molestos y desengañados, o escépticos a la hora de emitir sufragios, propiciando una gobernabilidad con pactos naturales y estables.


Quedan pendientes las elecciones en Cataluña y aquí cabe una reflexión y un capítulo aparte. La historia del nacionalismo interno en España se concentra en dos comunidades históricas marcadas por un carácter político de estatutos de autonomía que han derivado en un fuerte sentimiento secesionista tras el fracaso en el Parlamento del plan Ibarretxe, y la frustrada hoja de ruta de Mas con el referéndum del dret a decidir, y actualmente nos encontramos en un punto muerto sin visos de una solución viable.
Por una parte unos ya no renunciarán al “derecho” a la autodeterminación y otros no se moverán un ápice en lo que suponga contravenir la Carta Magna.

Así las cosas, las elecciones programadas para septiembre pueden determinar mayorías, se celebren en clave soberanista o no, sin olvidar el ascenso de C’s y el descenso de CIU, en cualquier caso habría que considerar, aun en el supuesto de una reforma constitucional que abriese la caja de pandora a un Estado Federal,  que en ningún caso podría plantearse como un federalismo asimétrico con privilegios para vascos y catalanes ya que tal asimetría ya fue rechazada en la construcción del estado autonómico. Hoy con mayor motivo seria innegociable cuando, en este sentido, el estado autonómico está fuertemente consolidado.

Hablar hoy de política no es fácil, sobre todo desde una realidad objetiva y con una visión crítica sincera y racional. Seguramente los comicios catalanes resuelvan algunas cifras, pero habrá que esperar a las legislativas para comprobar si el cambio es tal cambio o todo queda en una regeneración política de los que desde la transición han ostentado el poder.

Lo cierto es que sea cual fuere la fuerza que elegida democráticamente surja de las urnas y que forme el nuevo gobierno del Estado, deberá afrontar reformas legislativas en materia de justicia, estructuras administrativas, ley electoral, sistema fiscal, mercado laboral, transparencia, racionalización del estado de las autonomías y políticas sociales; ardua labor que se me antoja utópica a no ser que pueda configurarse una amplia mayoría con talante de servicio y consciente de asumir hasta la última coma el programa propuesto, y con la responsabilidad que quien recibe la confianza de la mayoría del pueblo. Todo está por ver, pero nuestro voto deberá decidir.

Tarragona, 10 de Junio de 2015   

Luis Álvarez de Vilallonga                        

viernes, 8 de mayo de 2015

LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Transcurrido un tiempo prudencial de la masacre producida en la redacción de Charlie Hebdo, cuando los ánimos de repulsa, condena e indignación parecen estabilizados, es hora de que uno se pronuncie sobre los asesinatos del 7 de enero que tanto debate han provocado en la sociedad y medios de comunicación, reviviendo el viejo debate sobre los límites en la libertad de expresión.

En primer lugar hay que manifestar con toda claridad y contundencia la repulsa y condena del atentado yihadista que en ningún caso tiene justificación sea cual sea el contexto en el que quiera adscribirse.

En una sociedad democrática nadie duda que la libertad de expresión es un derecho incuestionable pero sus límites deben ser regulados por ley. Efectivamente si no fuese así cada cual establecería su propio criterio en base a su moral, el buen gusto o educación, así el ateo, el fundamentalista o el amoral podría perfectamente ofender, agraviar o escarnecer la imagen o creencia de cualquier  persona, culto o religión sin mayor trascendencia.

Las caricaturas de Mahoma publicadas en Dinamarca en 2005 son una muestra de libertad de expresión pero al propio tiempo ofenden al mundo musulmán, como también sucedió en publicaciones satíricas sobre el islam en Charllie Hebdo. A partir de aquí la reacción salvaje e irracional de fundamentalistas islámicos se ha hecho sentir trágicamente y esto ha puesto en guardia a todo el orbe civilizado; pero que decir de las graves ofensas y escarnios producidos  sobre símbolos de la religión católica en nuestro país, en la Universidad Complutense y en parodias religiosas que se producen públicamente con desfiles sacrílegos ante la impunidad y permisividad de autoridades y jueces. Afortunadamente en el seno de la Iglesia Católica se sufre con dignidad estos atropellos sin que aparezca el fantasma de atentados criminales contra quienes los provocan.

Condenar la masacre y solidarizarse con las victimas de Charlie Hebdo  y las del supermercado judío es una cosa y otra es aplaudir chistes, viñetas o expresiones de mal gusto sobre el islam,  judíos o cristianos. Ya es lamentable que se haya llegado a esta situación para replantearse el debate sobre la libertad de expresión pero, inevitablemente este golpe del terrorismo islámico sufrido en una sociedad democrática donde estas cuestiones se dirimen pacíficamente en los tribunales, ha activado sentimientos xenófobos y de islamofobia que por otras cuestiones ya estaba latente en el seno de algunos países de la UE.

Uno recuerda la sentencia de muerte a que está sometido el escritor británico nacido en Bombay Salman Rushdie y la intolerancia de los aludidos por “Los Versos satánicos”, pero también en el siglo XVIII, Montesquieu, Voltaire, Rousseau o Diderot, sufrieron los ataques quienes rechazaban las ideas de la Ilustración. Es el eterno debate sobre la tolerancia de quien acepta el discurso ofensivo, la blasfemia o la mofa mientras no se pase a la acción, o el   intolerante con la ofensa, insulto o escarnio desde lo que se ha llamado fundamentalismo del agravio. No existen tesis convincentes en ningún sentido, por ello es necesaria una regulación por ley que marque la línea roja en el discurso sobre la libertad.

La democracia exige libertad de expresión, aun gozando de la mayor amplitud, ésta debe estar exenta de toda incitación a la violencia y en este sentido la afectación u ofensa de una frase,  viñeta o burla a la sensibilidad de cada persona o comunidad que es heterogénea, múltiple y diversa, prescindiendo de todo juicio u opinión personal, debiera estar regulada por Ley.

Decir libremente lo que pensamos sin burlas ni ofensas y sin miedo a represalias políticas o religiosas, es la más pura manifestación de la libre y democrática libertad de expresión. 

Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona, 22 de Abril de 2015






jueves, 7 de mayo de 2015

LOS CAMBIOS DE PODER


No es nada nuevo señalar que la naturaleza produce ciclos que vienen sucediéndose desde que el mundo existe y nuestra vida forma parte de ella, siendo así no resulta aventurado argumentar que tales ciclos son inherentes a la naturaleza humana y por tanto se encuentran presentes, a lo largo de los siglos, en cualquier ámbito o actividad del hombre inserto en estructuras sociales y de poder.
La pregunta que nos planteamos respecto al poder es, si la democracia que  ha sucedido a  poderes, oligárquicos, dictatoriales y absolutistas es en sí misma un último poder en el ciclo hegemónico de los poderes.
El sistema democrático basado en partidos políticos ha venido evidenciando graves defectos que cuestionan su vigencia con su estructura cerrada y piramidal. Las luchas interinas se evidencian cuando se avecinan elecciones, y es que el figurar en las listas y perpetuar la carrara política hay que defenderlo cualquier precio. Hay personajes que toda su vida han vivido de la política, y debe de ser rentable porque sus hijos continúan el mismo camino, (no lo digo con ánimo de crítica porque deben tener una gran vocación y su trabajo es muy arduo, duro, y abnegado y además mal remunerado) evidentemente como todo en la vida no puede generalizarse, siempre hay excepciones.
En nuestra todavía joven democracia, los partidos mayoritarios existentes a nivel nacional y autonómico nos han ofrecido toda guisa de vicios, escándalos, corrupciones y abusos; ahora que ven peligrar su hegemonía se apresuran a lavar su imagen deteriorada por tantos imputado o presuntos defraudadores en sus cuados. Siendo así no es de extrañar que emerjan nuevos partidos unos de corte populista, que sin duda tendrán sus adeptos, y otros ya presentes en el escenario político que no han probado el poder y puedan gozar de un voto de confianza, en cualquier caso, lo cierto es que las nuevas generaciones demandan gente honesta y comprometida que configuren partidos que escapen a los parámetros de los partidos tradicionales, partidos dinámicos, horizontales, innovadores, transparentes, con planes y programas creíbles y realizables.
 
 Pero el poder es una droga que consumida durante demasiado tiempo deteriora, corrompe y embrutece, por ello deberían limitarse los mandatos. Quizá el poder en siglos pasados era difícil cambiarlo, quien lo ostentaba lo utilizaba a su antojo y beneficio. Hoy en democracia es fácil de obtener, complicado de ejercer y sobre todo fácil de perder. No obstante hemos visto como algunos partidos en comunidades autónomas han logrado permanecer en el poder más de dos décadas, indicativo de que el sistema tiene sus lagunas y  los grandes partidos intentan blindar las leyes electorales que en su día eran válidas como punto de partida, pero que hoy no les vendría mal una reforma acorde con los nuevos tiempos.
 
Soy de los que piensan que no existe democracia sin partidos políticos, y para la estabilidad de un país es necesario que existan partidos hegemónicos, sin embargo en el punto que nos encontramos, éstos deben regenerarse, dejar de ser antros de corrupción, abrirse al exterior dando paso a savia nueva con nuevas ideas, dejar de ser oligárquicos, desvincularse de sindicatos y patronales, ponerse al servicio de los ciudadanos e intereses colectivos, concretar cambios políticos e institucionales que sean útiles y eficaces y atender a la comunidad que, no olvidemos, es a la que deben servir.
Sé que pedir todo esto parece una utopía pero confío en que todavía existe gente honesta, cabal y entregada, que en los meandros de sus conciencias no exista laxitud de compromiso que pueda producir un relevo en los grandes partidos, que aclare el oscuro panorama que se nos puede venir encima.
 
Tarragona, 20 de Marzo de 2015
Luis Álvarez de Vilallonga