LA PARANOYA NACIONALISTA
Pasado un tiempo prudencial tras los comicios catalanes y con el panorama político despejado, uno puede efectuar ciertos razonamientos que previamente hubieran podido menoscabar la opción legítima de algunos partidos.
Los nacionalismos, me atrevería a afirmar, que siempre tienen algún rasgo de fundamentalismo aunque hoy se presenten con postulados y argumentos aparentemente verosímiles y acepta
bles. Hay quien plantea sin remilgos la fragmentación del estado, unos desde el pacifismo, otros de forma violenta, pero nadie desde las reglas democráticas y normas constitucionales.
La esencia y principio de toda doctrina nacionalista es el acto de fe que excluye una concepción racional pragmática y objetiva de la historia y la sociedad, aquí se instrumenta y mitifica un ente llamado “nación” cuyos rasgos devendrán trascendentales, pretendiendo mantenerlos intangibles en el tiempo e incólumes a las circunstancias históricas, una fe colectivista que ciertos partidos trasmiten generacionalmente, que se hace etérea y nos traslada más al mundo de la ficción que a la realidad pragmática del siglo XXI.
El ingrediente central del nacionalismo esta imbuido de una esencia metafísica. Los individuos no existen separados de la nación, seno materno que les da el ser. La identidad es la palabra clave del discurso nacionalista, que los vivifica social, cultural y políticamente, y que se manifiesta a través de la lengua que hablan, las costumbres que practican, las vicisitudes históricas y hasta la religión, de aquí la importancia semántica cuando se esgrimen argumentos sutiles y volátiles. Es la identidad nacionalista contrapuesta a la identidad colectiva abierta a la diversidad de los grupos humanos asentados en un territorio.
El nacionalismo se fortifica en un victimismo hereditario provocado conscientemente que pretende justificarse desde planteamientos históricos sobre agravios, usurpaciones, sometimientos en ámbitos tanto políticos como culturales que reivindican los derechos nacionalistas sometidos por la potencia conquistadora. Aunque ciertamente fuese así, seria un error considerar que ese argumento fuera la causa y razón del nacionalismo, es decir basarlo en la hegemonía del pueblo dominantes sobre el débil. Sobre esta base, no existiría ningún pueblo o nación que históricamente no hubiese sufrido guerras, atropellos, abusos, usurpaciones que se perpetraban no solo desde los estados, también desde grupos dominantes de influencia y de poder y así los nacionalismos hubieran proliferado profusamente.
El nacionalismo pretende ajustar cuentas al pasado de injusticias históricas heredadas, necesita de esas injusticias y sometimientos históricos para justificarse en el ejercicio e imposición de su cultura, su lengua y sus instituciones teóricamente perdidas durante períodos de domino externo.
El nacionalismo beneficia básicamente a la clase política ávida de poder, constituye una mezcla de instinto, pasión, creencias y mitos que nada tiene que ver con la realidad social. Los postulados nacionalistas carecen de racionalidad, son dogmas de fe, santifican o excomulgan.
La fiebre del nacionalismo atávico inducido por la entelequia política, no augura nada bueno, confiemos en la sensatez de una ciudadanía plural que nos permita vivir en armonía al margen de postulados sectarios y radicales.
A pesar de todo uno respeta profundamente la opción nacionalista, que a bien seguro comparte un amplio sector de la ciudadanía, este mismo respeto debe imperar sobre los que no pensamos desde el nacionalismo, entendiendo que Cataluña es hoy una comunidad heterogénea, abierta a Europa y a un mundo globalizado que cada vez requiere mayor cohesión de nuestros mercados, soslayando fragmentaciones anacrónicas propias de siglos pasados.
Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona, 12 de abril de 2011

2 comentarios:
gracias por tu visita y comentario...te deseo felices dias de recogimiento en esta semana santa,ya veo que escribes aqui mucho...
un abrazo
Marina
...me alegra mucho que tu blog se conozca ya que escribes muy bien, yo sobre politica no puedo ni sé opinar pero es una redacción preciosa la que nos dejas en tu post.
un abrazo
Marina
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