jueves, 18 de febrero de 2016

ADA COLAU Y SU SOLSTICIO DE INVIERNO


Cuando apareció la noticia en los medios de comunicación sobre el decreto de la ex activista Ada Colau (hoy convertida nada menos que en Alcaldesa de Barcelona), que sustituía la festividad de Navidad por el Solsticio de invierno, no nos sorprendió en absoluto, conociendo su trayectoria y pasado insurgente.

Las personas se definen por si mismas a tenor de sus hechos y declaraciones, y Ada Colau nos demuestra una vez más su talante demagógico y populista junto a una evidente animadversión hacia todo cuanto simbolice o conmemore connotaciones religiosas de índole cristiana con tal de alimentar el más puro laicismo radical de la izquierda.

La falta de sensibilidad de Colau es evidente. Las fiesta de Navidad, más allá del hecho religioso, trasciende la liturgia cristiana y conserva en la mayoría de la ciudadanía una tradición que invita a la concordia, al amor, a la reconciliación y a un sentimiento fraterno y solidario hacia las familias más deprimidas, especialmente con los niños que a través de las distintas campañas ven satisfacer en lo posible su ilusión en la fiesta de la Epifanía (los Reyes magos).

Uno se pregunta ¿Qué mal se hace con dejar celebrar la Navidad como se ha hecho toda la vida desde que uno tenía uso de razón? Nuestra sociedad tiene arraigado este sentimiento navideño, e independientemente que se cumplan los ritos católicos, es tradicional, en la mayoría de los hogares, la presencia del pesebre, construido con ilusión por abuelos padres y nietos que estos días recorren los típicos mercadillos navideños en busca de nuevas figuras y en nuestra tierra la del célebre cagané , (hoy representado por celebres deportistas, artistas o políticos).

La obsesión de la Colau por convertir toda festividad en fiesta pagana lo viene demostrando desde que cuestionase el mantenimiento de la capilla existente en el interior de las dependencias municipales, la negativa a la celebración de una misa en sufragio de las víctimas de la Guerra Civil en el castillo de Montjuic o  la exclusión de los actos oficiales en la Basílica de la Merced con motivo de la festividad de Santa Eulália, patrona de Barcelona. Siendo así ya no nos extrañaría que las  próximas fiestas de la Mercè, fueran sustituidas por un Equinoccio de otoño. Afortunadamente nuestro Edil tiene la sensatez, cordura y seriedad para afrontar con ecuanimidad y sentido común estas cuestiones que, en nuestro consistorio, ni siquiera se plantean, porque no nos imaginamos ni en sueños un Equinoccio de otoño superpuesto a las fiestas de Santa Tecla.

Pero  la sustitución de la Navidad por  del Solsticio de invierno es algo ilógico e inadmisible  impuesto por un equipo de gobierno que trivializa la conciencia, banalizando el sentido de la vida a través de un ateísmo nihilista, donde el  relativismo moral pretende justificarlo todo,  erradicando virtudes que emanan de la propia Natividad y que la sociedad identifica como como valores universales: la paz, el amor, el sentido de la belleza o la felicidad.

 ¡No Sra. Colau! La Navidad impregna la esencia de nuestras costumbres, y sin entrar en contradicción ni oposición a que cada religión celebre su festividad cuando le toque, España y concretamente Cataluña conserva tradiciones y costumbres profundamente arraigadas en la sociedad; creyentes, agnósticos y no practicantes, respetan la Navidad, sus símbolos y sus alegorías, cada cual la vive a su manera pero acepta la Navidad como una renovación de los mejores sentimientos del hombre en una realidad humanitaria y universal.

A mi edad uno ya va asumiendo la ausencia de aquellos iluminados símbolos navideños que iluminaban calles y plazas: estrellas, pesebres, palmeras, siluetas de reyes magos acompañados por sonoros villancicos que daban auténtico sentido al tiempo navideño. Hoy las luces no faltan en una gran diversidad de formas y contornos, pero intuyo que se pone extremo cuidado en no explicitar imágenes que pudieran tener relación directa con la Navidad, (que en realidad es la celebración de la Natividad de Jesús), no fuera que pudiese herir la sensibilidad de quien no profesa nuestra fe.

A pesar de todo, uno tiene el convencimiento de que el hombre es un ser lleno de valores, con la libertad y rectitud de conciencia necesarios para nutrir de virtudes el fondo de su espíritu. Solo desde el respeto y la buena voluntad pueden conciliarse diferencias que pudieran herir las creencias de cada cual.

Luis Álvarez de Vilallonga

Tarragona 30 de Noviembre de 2015

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