Las personas se definen por si
mismas a tenor de sus hechos y declaraciones, y Ada Colau nos demuestra una vez
más su talante demagógico y populista junto a una evidente animadversión hacia
todo cuanto simbolice o conmemore connotaciones religiosas de índole cristiana
con tal de alimentar el más puro laicismo radical de la izquierda.
La falta de sensibilidad de
Colau es evidente. Las fiesta de Navidad, más allá del hecho religioso,
trasciende la liturgia cristiana y conserva en la mayoría de la ciudadanía una
tradición que invita a la concordia, al amor, a la reconciliación y a un
sentimiento fraterno y solidario hacia las familias más deprimidas,
especialmente con los niños que a través de las distintas campañas ven
satisfacer en lo posible su ilusión en la fiesta de la Epifanía (los Reyes
magos).
Uno se pregunta ¿Qué mal se
hace con dejar celebrar la Navidad como se ha hecho toda la vida desde que uno
tenía uso de razón? Nuestra sociedad tiene arraigado este sentimiento navideño,
e independientemente que se cumplan los ritos católicos, es tradicional, en la
mayoría de los hogares, la presencia del pesebre, construido con ilusión por
abuelos padres y nietos que estos días recorren los típicos mercadillos
navideños en busca de nuevas figuras y en nuestra tierra la del célebre cagané , (hoy representado por celebres
deportistas, artistas o políticos).
La obsesión de la Colau por
convertir toda festividad en fiesta pagana lo viene demostrando desde que
cuestionase el mantenimiento de la capilla existente en el interior de las
dependencias municipales, la negativa a la celebración de una misa en sufragio
de las víctimas de la Guerra Civil en el castillo de Montjuic o la exclusión de los actos oficiales en la
Basílica de la Merced con motivo de la festividad de Santa Eulália, patrona de
Barcelona. Siendo así ya no nos extrañaría que las próximas fiestas de la Mercè, fueran
sustituidas por un Equinoccio de otoño. Afortunadamente nuestro Edil tiene la
sensatez, cordura y seriedad para afrontar con ecuanimidad y sentido común
estas cuestiones que, en nuestro consistorio, ni siquiera se plantean, porque
no nos imaginamos ni en sueños un Equinoccio de otoño superpuesto a las fiestas
de Santa Tecla.
Pero la sustitución de la Navidad por del Solsticio de invierno es algo ilógico e
inadmisible impuesto por un equipo de
gobierno que trivializa la conciencia, banalizando el sentido de la vida a
través de un ateísmo nihilista, donde el
relativismo moral pretende justificarlo todo, erradicando virtudes que emanan de la propia
Natividad y que la sociedad identifica como como valores universales: la paz,
el amor, el sentido de la belleza o la felicidad.
¡No Sra. Colau! La Navidad impregna la esencia
de nuestras costumbres, y sin entrar en contradicción ni oposición a que cada
religión celebre su festividad cuando le toque, España y concretamente Cataluña
conserva tradiciones y costumbres profundamente arraigadas en la sociedad; creyentes,
agnósticos y no practicantes, respetan la Navidad, sus símbolos y sus
alegorías, cada cual la vive a su manera pero acepta la Navidad como una
renovación de los mejores sentimientos del hombre en una realidad humanitaria y
universal.
A mi edad uno ya va asumiendo
la ausencia de aquellos iluminados símbolos navideños que iluminaban calles y
plazas: estrellas, pesebres, palmeras, siluetas de reyes magos acompañados por
sonoros villancicos que daban auténtico sentido al tiempo navideño. Hoy las
luces no faltan en una gran diversidad de formas y contornos, pero intuyo que
se pone extremo cuidado en no explicitar imágenes que pudieran tener relación
directa con la Navidad, (que en realidad es la celebración de la Natividad de Jesús),
no fuera que pudiese herir la sensibilidad de quien no profesa nuestra fe.
A pesar de todo, uno tiene el
convencimiento de que el hombre es un ser lleno de valores, con la libertad y
rectitud de conciencia necesarios para nutrir de virtudes el fondo de su
espíritu. Solo desde el respeto y la buena voluntad pueden conciliarse
diferencias que pudieran herir las creencias de cada cual.
Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona 30 de
Noviembre de 2015
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