
La lengua culta es un arte, ya sea en
versión oratoria o escrita; es una de las sensaciones más gratificantes cuando
el oído advierte la trasmisión de la palabra ágil de una fina retórica clara y
conceptual del orador o la vista se recrea en los párrafos sublimes de un
escrito que adquiere ampulosa brillantez y musicalidad en su expresión y
contenido. La lengua es algo grande que amalgama mil combinaciones y
posibilidades. El que escribe pone a prueba su realidad o ficción sobre lo que pretende
transmitir, su capacidad semántica someterá a lector al deleite o disgusto.

La introspectiva personal, las
consideraciones ontológicas, el perspectivismo, la ironía respecto a la
realidad objetiva, la honestidad y sinceridad sin disquisiciones a la hora de
plantear un tema incómodo o espinoso, las reflexiones indefinidas, lo correcto
en términos sociales, el atrevimiento innovador, el academicismo trasnochado o
el fantasma de la vulgaridad, son elementos y condicionantes que siempre han
puesto a prueba al que asume el reto de enarbolar una pluma, teclear una antigua
Rémington o, en la era de la informática, sentarse ante el teclado de un PC o
pulsar el abecedario táctil de un iPhone.

Enfrentarse a una idea, un pensamiento, sin
dejar de ser fiel a uno mismo, confiriendo a la imaginación la capacidad de
discernir entre lo inventado y lo verdadero, lo correcto o lo banal es siempre
un ejercicio complejo; escribir siempre implica transmitir algo.

La práctica de la escritura curte al
escritor, por más que su experiencia vital marque su obra y determine la
fijación de su creatividad plasmada en sus trabajos y personajes. El ensayo y
la entrevista son escenarios que ofrece un mayor abanico de posibilidades para
navegar entre la diplomacia, la hipocresía, el resentimiento, o la
representación, y en ese sentido es todo un oficio el trato social sublime que reflejan
algunas obras consistentes en transponerse camaleónicamente según las
circunstancias, las personas o los temas. Fingir aprecio o gentileza es una
actitud incontestable para granjearse la aceptación de la gente porque a la
idiotez humana le encanta que le regalen los oídos, pero a la postre lo
empírico de la vida es inefable.

La riqueza de nuestra lexicología nos ofrece tantas posibilidades: antónimos, homónimos, parónimos, onomatopeyas, pleonasmos, sinécdoques, metonimias, aforismos etc… y cuando la semántica mantiene viva una lengua con palabras que nacen y mueren (neologismos y arcaísmos), vale la pena incidir en el cultismo y escapar de los barbarismos.
Es cierto que, una imagen, un gesto, una
mirada, un silencio o una caricia pueden expresar muchas cosas pero sin duda la
palabra es en si misma el vehículo genuino de la comunicación.
Una brillante pluma debe estar dotada de
una relevante capacidad intelectual, fuerza expresiva y perfecta prosa. ¡Que
difícil es decir algo bien dicho! con palabras justas y adecuadas; si además
éstas son bellas, armoniosas y poéticas y el buen gusto preside cuanto
expresan, el texto se convierte en arte. La buena pluma deja surcos en el alma
del lector y así no es de extrañar que en ocasiones se produzca una simbiosis
entre la sensibilidad de aquel y el sentimiento, vivencia o mensaje que el autor
es capaz de transmitir a través de la semántica; es cuando en ocasiones ante un
párrafo uno no puede evitar que se le humedezcan los ojos o que el semblante
esboce una sonrisa, es el contenido de algo maravillosamente plasmado en el
papel que te llega al alma aún sin conocer al autor, entonces te identificas y
comunicas con él.
Torrente y caudal, inicio y plenitud,
esbozo y eclosión. Pocos poseen la magia creadora de luces, anhelos y utopías
que puedan imaginar relámpagos en una tarde serena o mecer la calma y el
sosiego frente a puñales y miserias en una sociedad sin entrañas que agazapada
acecha envuelta en mezquindades.
Cuando a la forma y el fondo se unen argumentos
cristalinos, siempre afloran valores morales, intelectuales y estéticos; si a
ello añadimos un lenguaje bello, pulcro y académico, entonces el arte de escribir
adquiere nombre propio.
Decía Oscar Wilde “No existen más que dos
reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo bien”
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