No cabe duda que el machismo
ha sido una constante a lo largo de los siglos aunque hoy se revele como uno de
los problemas más sangrantes de la sociedad; junto a él conviven la
discriminación y la mal entendida paridad.
La paridad no deja de ser una
estupidez que limita la excelencia a la hora elegir personas en el campo
político o intelectual, porque cuando no se alcanza un mínimo de capacidad en
la paridad asignada a los sexos, se cubre con mediocridades para alcanzar el
50% propuesto, si bien es cierto que en el caso de los hombres, la incapacidad
manifiesta en muchos individuos de la clase dirigente era inevitable al no
tener la mujer cabida en la mayoría de ocasiones, siendo permanentemente desacreditada,
no solo por el consabido machismo ancestral, sino también por el radicalismo de
movimientos feministas contraproducentes e interesados.
Igualarse al hombre supone
limitar capacidad respecto a él cuando en muchos aspectos la mujer le supera
con creces. Una cosa es hablar de derechos y otra de desarrollo como persona
“su ratio”. Es obvio que la igualdad de derechos es algo incuestionable pero aquí
se trata de la dignidad de la mujer como ser humano, y en ese sentido el
feminismo objetivo y cabal ha hecho frente a una discriminación manifiesta en
todos los órdenes de la vida.
El término género se ha
manipulado hasta la saciedad, así justicia de género, violencia de género,
oportunidades de género, socialización de género, etc., sin embargo la lucha
por la presencia femenina en espacios tradicionalmente masculinos, aportando su
voz y acción en instituciones públicas y privadas, abrió una brecha en el
establishment masculino, que aprovecho el feminismo agresivo y fanático para
intoxicar negativamente la incorporación natural de la mujer capaz y ponderada
en el organigrama político y social, con aportación de activistas sectarias sin
principios y escasa preparación para manejarse en “un orden superior”.

Es evidente que solo la mujer que por sus propios méritos alcance puestos de poder, podrá erradicar la discriminación y equilibrar la mal llamada paridad, en el sentido de incluir puestos de responsabilidad en el ámbito público y privado a “personas” con la mejor preparación ignorando su género; seguramente nos encontraríamos con alguna sorpresa, porque la estadística sobre las licenciaturas alcanzadas en muchas facultades universitarias, porcentualmente la mujer supera con creces a los hombres y ya sabemos que de la cantidad se obtiene la calidad.
La irrupción de algunas
jóvenes sin escrúpulos ni valores en el panorama político, no beneficia en
absoluto al prestigio de la mujer y su contribución al progreso de la sociedad,
siendo indispensable abandonar cualquier actitud de resentimiento, desprecio, y
hasta odio respecto al género o a hacia quien no comparta sus propias ideas y censure actitudes irresponsables.
Medir la competencia cognitiva individual
de la persona, es condición sine qua non
para huir de la justicia de la diferencia que tan negativamente afecta a la
mujer. Es así que debe alcanzar su plenitud personal desde su feminidad y exigir
su papel integrada en todos los estamentos del estado como segmento
imprescindible en el concierto social. La presencia de la mujer en las
instituciones no basta, debe contar a la hora de tomar decisiones.
Una sociedad que durante
décadas ha asumido criterios sesgados respecto al género, deberá afrontar el
difícil reto de un constante ejercicio de neutralidad, solo así la mujer
alcanzará como persona el puesto que le corresponde en coherencia a sus
méritos.
Según, la que fuera notable
periodista en cuestiones políticas y secretaria de estado para la mujer en el
gobierno de Jaques Chirac, Françoise Giroud (la mujer será igual al hombre
cuando una incompetente acceda a un cargo orgánico o puesto relevante). Giroud juega
emulando las malas prácticas en el orden jerárquico masculino, pero la igualdad
en el contexto social no se alcanza con la incompetencia, la mujer deberá
superarla con la excelencia.
Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona 5 de Febrero de 2017



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