CRISIS DE UNA SOCIEDAD BANALIZADA
Cuando se aborda un tema tan complejo y trascendente no queda otra alternativa que apelar a la moral, término que suele asociarse con la ética, si bien ambos conceptos van cogidos de la mano y se complementan, cabe señalar notables diferencias; en efecto, mientras la moral tiene una base social y tradicional de normas establecidas en una sociedad y por tanto influyente en el comportamiento individual en cuanto a sujeto integrante del grupo social; la ética es el resultante de una reflexión personal, exenta de convencionalismos, fruto de la madurez y la exploración individual de lo que podríamos denominar derecho natural para discernir, es decir la opción del acto humano y su moralidad.
Entre ambos conceptos, hoy adquiere capital importancia la moral frente a la ética puesto que la base social que refrendaba una moral tradicional que se transmitía de generación en generación se ha roto. Nuestra sociedad ha renegado de sus principios y así la conciencia individual, con su empobrecimiento, ha sucumbido a los procesos de trivialización de la vida auspiciados desde los poderes públicos como aforismos doctrinales, acciones mediáticas y la implantación de un laicismo fanático. Se silencian y se confinan conceptos fundamentales del hombre: la bondad, la amistad, el amor, la honradez, la lealtad, la generosidad, etc...
Se transita por los ateismos que protagonizaron la modernidad o por la posterior ideología nihilista y hoy parece que la sociedad ya no necesita valores trascendentes y todo se reduce a placeres inmediatos: el gusto al cuerpo, el hedonismo, la opulencia, y la apología del “pan y circo” y así se ahogan las verdades morales.
Es cierto que la evolución del ser humano comporta intrínsecamente una adecuación moral en términos coherentes; otra cosa es el abandono y dejación de principios inamovibles que desde la perspectiva de la ley natural y el humanismo cristiano son consustanciales a las raíces de nuestra sociedad europea.
No cabe duda que el abandono de los valores morales nos aproxima a un nihilismo todavía vigente y que tan nefasta influencia produjo en la sociedad europea del siglo pasado. La falta de finalidad, de respuesta en un planteamiento filosófico donde los valores espirituales son suplidos por la indulgencia total de los instintos físicos, el poder y la supervivencia del mas fuerte, proyectan una progresiva decadencia de la dignidad del ser humano y en ese sentido hemos de rechazar la filosofía de Nietzsche ciertamente opuesta al pensamiento de Sócrates, enemigo de las pasiones y fiel a la sabiduría.
El nihilismo, corrosivo con los valores tradicionales y en consecuencia reactivo con todos los hábitos y principios judeo-cristianos, recobra actualidad en una sociedad donde el ateismo moderno deposita toda su fe en la ciencia, al considerar el positivismo lógico como verdad última. Es pues necesario retomar el pulso a nuestra tradición trascendente y hacer una serena reflexión sobre lo que el hombre puede perder a lo largo de su vida: la salud, el trabajo, las amistades, el dinero, el estatus, el poder y hasta el amor, por eso solo los valores espirituales que permanecen dan sentido a la vida y, la fe, mas allá de nuestras convicciones, nos aproxima a la verdad desconocida.
Luís Alvarez de Vilallonga
Tarragona 15 de septiembre de 2010
No hay comentarios:
Publicar un comentario