miércoles, 20 de abril de 2011

LA GRANDEZA DEL CAMINO


Hace ya cuatro años, un grupo de seis personas, iniciábamos, saliendo de Somport, el camino de Santiago por la ruta aragonesa, recorrido que finaliza en Puente la Reina y que enlaza con la tradicional ruta francesa, y de allí hasta Santiago.
Unos nos arrogábamos la dignidad de peregrino, otros más escépticos, de simple caminante, pero al final del trayecto, quizá por la magia que imbuye el Camino, todos de alguna forma, alguno aún sin percibirlo, nos convertimos en auténticos peregrinos.
El Camino de Santiago es como una breve etapa de nuestra vida, es un silencioso desguace espiritual que nos sitúa en una dimensión fuera del ámbito social de la vida cotidiana. Este 2010, finalmente hemos alcanzado nuestro objetivo ¡Santiago!, pero el camino, que llevamos compartiendo durante cuatro años, no ha sido un paseo ni un una experiencia senderistas. Los ingredientes y vivencias que él nos ha deparado son exclusivas, genuinas e irrepetibles; experiencia de las que dejan huella en la médula del hombre, y para mayor encanto el destino o la providencia ha querido nuestro abrazo al Apóstol se diese en año jubilar.
Mi experiencia ha sido extraordinariamente enriquecedora. El ego o el hedonismo del hombre se desvanecen en primera noche de albergue y una complicidad fraterna se asocia con todo aquel que peregrina hacia Santiago. La presencia permanente de la virtud de compartir, la ausencia de sentido egoísta en favor de las necesidades de cada uno en cada momento, la percepción de vivir el presente intensamente y simplemente por el hecho de caminar junto a otros peregrinos, en los momentos difíciles, abriga el espíritu pero también en los momentos de soledad e íntima reflexión una inevitable sensación de felicidad aborda el ánimo. En el Camino cuando hablas siempre alguien escucha, se acepta a cada cual como es, porque el Camino invita a la oportunidad de mostrarse cada uno sin envoltorios, falsos convencionalismos ni hipocresía social, aflorando lo mejor de uno al tiempo que se va soltando el lastre negativo que cada persona arrastra, pero sobre todo uno se impregna de la enorme humanidad que se respira. ¡Que distinta seria la sociedad si solo un ápice del espíritu del Camino permaneciese en nuestras vidas cundo salimos de él!
Cada uno de vosotros me habéis aportado algo inestimable que antes del Camino hubiera sido incapaz de descubrir. He aprendido a ofrecer y a recibir de forma natural, sin molestar ni incomodar, porque aquí compartir se hace norma y la necesidad es atendida al instante. También he percibido que cosas que consideraba imprescindibles, en realidad no lo son. Aquí solo cargas en la mochila lo imprescindible y aun sobran cosas porque lo verdaderamente necesario es muy poco. En la vida tendemos a acumular por seguridad o por el mero afán de poseer, pero en realidad no hay tantas cosas necesarias como creemos. He observado que en el Camino no se dan lecciones a nadie porque el propio camino se encarga de enseñarte lo importante y lo que pudieras saber de más, seguramente ya ocupa un espacio en la mochila de cualquier peregrino.
Ahora al llegar al final del Camino, estoy lleno de gozo y de paz, de comprensión, de tolerancia, de aceptación de las circunstancias que la vida me depare en el futuro, de la confianza y seguridad de que podré contar con mis cinco peregrinos para lo bueno y lo malo porque un camino libre de perjuicios nos descubre la autentica dimensión humana de cada persona.
Finalmente desearía conservar, fuera del camino, una pequeña parte del espíritu peregrino que tan entrañablemente nos ha mantenido unidos durante estos años superando todas las diferencias que nuestra personal idiosincrasia haya podido ocasionar en algún momento.
Doy gracias al Apóstol por haberme concedido el privilegio de peregrinar compartiendo el camino con cada uno de vosotros: Felipe, Joan, Jaume , Xus y Antonio.
¡Gracias peregrinos¡

Tarragona 21 de Junio de 2010

Luis Álvarez de Vilallonga

No hay comentarios: