Los que hemos conocido la
dictadura somos conscientes que en el siglo XXI la democracias tienen serios
problemas, no tanto en su concepción como en su calidad que vemos verse deteriorarse amparada en la legitimidad que le
confieren las urnas y cuyo ejercicio deja mucho que desear a tenor de algunos
mandatarios que se han erigido con el poder político.
Si en el siglo pasado la lacra
de las dictaduras se imponía a través de golpes militares (Chile, Brasil,
Argentina, Turquía o Tailandia) que sufrieron sangrantes efectos,
afortunadamente en el siglo en que vivimos parece que las democracias se van
imponiendo paulatinamente como el sistema mayoritariamente aceptado como
conspicuo por considerables estados, con la incierta expectativa de que con el
tiempo prosperen hasta alcanzar una utópica panacea política y social.
Pero he aquí que si en
principio ostentar la autoridad política por gobiernos emanados de los
sufragios emitidos por la sociedad civil garantizaba asegurar el ejercicio
democrático del líder y gobierno de turno elegido; la experiencia nos demuestra
que la solidez y estabilidad del sistema
no está tan claro, y esta es la cuestión.
¿Qué ha sucedido con gobiernos
encabezados por populistas elegidos democráticamente? Que han personalizado su
gestión controlando al poder judicial y legislativo, bastan algunos ejemplos:
Chavez, Erdogan, Putin y últimamente Trump quienes nos han obsequiado con una
pseudo democracia legítima pero que deja mucho que desear, es así que la
vulnerabilidad del sistema queda reflejado cuando el poder sobre las
instituciones son objeto de gobernantes populistas vaciando a la democracia de
su esencia. Los cimientos democráticos van sufriendo deterioro a causa de la corrupción que ha salpicado a
todo el ámbito político priorizando los intereses de partido sobre los
nacionales personalizados en su líder.
Por otra parte, también en
nuestro país, la sombra del populismo planea sobre el hemiciclo y la carencia de participación
activa de la sociedad civil en la
política, de abajo hacia arriba, ha sido una laguna que ha facilitado el
encorsetamiento de los grandes partidos. En estas circunstancias y a tenor de
las fuerzas representadas en el Congreso de Diputados, lo que antes era
impensable (la pérdida del norte moral, del respeto a las formas, la compostura
y la aparición de una soez verborrea) hace imprescindible la reforma del
reglamento para conferir poderes a la presidencia para advertir, invitar u
ordenar al abandono de la cámara cuando las situaciones contravengan las normas
básicas de respeto y decoro, en evitación de que el parlamento se convierta en
una taberna a la antigua usanza. Uno se niega a aceptar que escenificaciones protagonizadas
por personajes de Podemos E.R.C u otras minorías, sean el reflejo que representa nuestra sociedad.
Pero volviendo al sistema
democrático que mayoritariamente impera en casi toda da Europa, ya es
preocupante que en la primera vuelta de las elecciones francesas, los votantes
hayan decidido dirimir su próximo Presidente entre dos formaciones, el
centrista Macron y la ultraderechista Le Pen, con el riesgo de que la populista
pudiera alcanzar el Elíseo.
La marejada populista que hoy
parece acechar en ambas orillas del Atlántico debe poner en jaque a la U.E.
para huir de la democracia directa aunque legítima como el Brexit y las
demagogias que aportan los populismos con aleccionadores elementos emocionales;
son las democracias clásicas representativas que apelan a la racionalidad, marginan
la polarización del debate público, modera los cambios mediante acuerdos consolidados
de forma progresiva y sin convulsiones, las que pueden conducir al fortalecimiento
del proyecto europeísta. 
Hoy en la era de digital no se concibe la democracia sin la integración en el universo telemático, la participación en las redes sociales y las herramientas que internet pone a disposición de cualquier organización; ineludiblemente también la clase política deberá rentabilizar este poderoso instrumento que a la vuelta de la esquina entrará en todos los hogares con derecho a sufragio.
En cualquier caso confiemos
que los gobiernos moderados, donde prevalecen las leyes sobre las personas y el
consenso de un gradual progresismo sobre absolutismos extremos, sean los que
puedan garantizar importantes y necesarias reformas políticas que nadie duda deben
abordarse a medio o corto plazo.
Luis Álvarez de Vilallonga
Tarragona, 3 de
Mayo de 2017




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